Tras haberlo sido de un Puma 27 durante 7 años, fui armador de un velero de 10 metros durante 20 años. Se trataba de un bonito Ronáutica RO 330 del año 2001 que estrené, cuidé y mimé durante todo el tiempo que estuvo conmigo y en el que pasé junto a mi familia y amigos momentos maravillosos y algún que otro susto. Todos sabemos que el navegante de recreo que diga no haber pasado miedo en ningún momento, miente descaradamente para hacerse el valiente.
El pasado mes de mayo el Pirata pasó a manos de una agradable pareja que promete cuidarlo con el mismo cariño que yo le di durante todo este tiempo.

El motivo de la venta del Pirata fue difícil de entender por mi familia y amigos. Sobre todo al mostrar mi interés por un barco mucho más antiguo, del año 1986, de líneas clásicas y aspecto robusto, hasta tosco y además, con puerto base en Fredericia, Dinamarca, a 2000 km, de distancia de Vigo, mi ciudad. La verdad es que yo tampoco lo entiendo, pero tiene su explicación en la admiración que siempre me han provocado los barcos escandinavos, aquellos que en un principio conocí sólo a través de revistas, más tarde por internet y después visitaba con frecuencia al recorrer los pantalanes dedicados los barcos en tránsito hacia el Mediterráneo o Canarias, con destino al Caribe.
Y así me enamoré de los Hallberg Rassy, de los Najad, de los Regina af Vindö y por supuesto, de los maravillosos Malö. Difícil y caro encontrar una unidad en buen estado y al alcance de la mano. Hasta que llegó «Rachel», un Malö 40 H a la venta en en Vigo, ahí, a mi lado. Era el barco perfecto. Y lo iba a comprar. Estaba decidido. Iba a vender mi RO 330 y el «Rachel» pasaría a ser mi nuevo viejo barco, cargado de aquella atmósfera romántica, un tanto hippie, aroma a teka, caoba y salitre.

Sin embargo, no pudo ser. Casi cerrado el acuerdo con el broker y abonada parte de la cantidad acordada, la depresión por la que estaba pasando se cebó en mí con una serie de ataque s de ansiedad que me hicieron apartarme del «Rachel», el mar, la vida social y mi vida, en definitiva. ¡Ah! ¡La depresión!. ¡Maldita enfermedad!. Te atrapa y convierte en la marioneta de los peores demonios, fantasmas ocultos en tu interior. Sin embargo, el amor por el modelo quedó grabado como una impronta imborrable.
Busqué incansablemente barcos similares. Pero ninguno era como «Rachel». Sí encontré modelos similares, pero yo me había encaprichado con el Malö 40 y en concreto, el 40 H. Hasta que di con él, ¡lo había encontrado!. Pero estaba un tanto lejos, en Dinamarca, concretamente en una localidad al este de la península danesa, llamada Fredericia. Y sin más demora, gracias a Chat GPT, mantuve una conversación en un más que decente Danés, vía e-mail, con el vendedor, quien al principio pensó estar hablando con un chalado o un timador.

Tras algunas negociaciones, mucha precipitación, algún desencuentro y la ayuda inestimable de personas maravillosas que conocí a lo largo del proceso, compré el ansiado barco. No podía ser más adecuado. De nombre «Krabbe», cangrejo, que camina marcha atrás, como yo, retrocediendo en el tiempo, y la unidad 330 que salía del astillero de Kungsviken. ¡330, como mi anterior barco!. ¿Casualidad? . Seguramente, pero, ¿no es acaso más romántico creer que es una señal del destino?
Mientras escribo estas líneas, un 7 de noviembre de 2023, el «Krabbe» navega desde Fredericia hacia Vigo a través del canal de Kiel, para, tras llegar al río Elba, navegar hasta Cuxhaven. Una vez allí Manu, el capitán, decidirá si navegar a través de canales o salir al bravo y frío mar del norte para alcanzar el canal de la Mancha, aproximarse a las costas de Inglaterra y finalmente hacer una navegación oceánica hacia el norte de la península, cayendo sobre la ría de Arosa y finalmente arribar a Baiona, el puerto de destino final del deseado «Krabbe».

Lamento no poder formar parte de la tripulación que y aún albergo la esperanza de poder unirme a Manu, ramón e Imanol en algún punto del trayecto para disfrutar del «maravilloso y muy noble «Krabbe»», como lo definió Manu al iniciar la navegación en el remoto mar Báltico.

Y es en ese periplo, en ese nombre y en las distintos pabellones bajo los que el «Krabbe» ha navegado, que he diseñado un escudo. Un escudo es algo realmente serio, así que ha de tener un carácter heráldico. Y como la heráldica es una ciencia seria, la divisa que distinguirá al «Krabbe» desde ahora consistirá en un cangrejo coronado, sobre el escudo de Polonia, flanqueado por las banderas de Suecia, su país de nacimiento, Dinamarca, el país en el que se adquirió, España, pues serán las aguas territoriales que navegará con mayor frecuencia, y Baiona, la villa marinera en la que encontrará su fondeadero. Todo el conjunto sobre los colores de la bandera de Polonia, pabellón definitivo de este maravilloso y robusto barco, en el que en breve disfrutaremos, descansaremos, comeremos, dormiremos y, ocasionalmente, sufriremos algún que otro susto.

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