Mi muy mejor amigo, como habría dicho Gump, Forrest Gump, es un tipo con ciertas particularidades que lo hacen especial y muy querido. Solíamos pasear por puertos, muelles y pantalanes, cada vez que teníamos oportunidad, mirando este y aquel barco, discutiendo acerca de la utilidad de uno u otro aparejo, fijándonos en detalles, curiosidades y particularidades de todo los que nos llamaba la atención. Solíamos señalar especialmente aquellos que nos atraían y que sin duda compraríamos si pudiéramos. Yo siempre señalaba barcos de aspecto clásico, a ser posible con bañera central y de mucho desplazamiento. Me gustan.
Además, casi todos los que yo señalaba tenían o tienen, más años que yo, es decir barcos de 35 años (y de esto hace por lo menos 25), y por lo general, de aspecto destartalado, en muchos casos. Mi amigo, a quien la vista siempre se le va hacia los Jeanneau, los Beneteau, los X-Yachts… me respondía:
–¡Pero Pepe! ¡Si eso es un «candrayo«! ¡Un trasto! ¡A tí sólo te gustan los «candrayos«!
Yo trataba de argumentar los por qués y por que nos de tal querencia, y siempre quedábamos en una situación de tablas, porque tarde o temprano aparecía un velero que nos gustaba a ambos. Y seguíamos entregados a nuestra ensoñación. Pero en efecto, a mí me gustaban -y me gustan- los barcos que tienen un algo nostálgico, un no sé qué romántico, diríase que tuvieran alma propia, metidos en años y sí, con aspecto de “candrayo”.
Y os preguntaréis: ¿Qué es un «candrayo«?. En realidad, «candrayo» es un vulgarismo empleado como jerga entre marineros en la zona de las rías Baixas, aquí en Galicia, para referirse al término generalizado en español «candray«.

La «Enciclopedia General del mar» en su primera edición de 1957, describe al candray como: «Una embarcación de dos proas usadas en el tráfico de algunos puertos y bahías; equipada con velas místicas y varios remos. Son muy típicos los empleados en el transporte de sal por los caños de La Carraca y bahía de Cádiz.»
Esos barcos rudimentarios de dos proas empleados en los puertos, fueron en muchos casos transformados para ser convertidos en los primeros vapores (piróscafos) añadiéndole la pesada maquinaria de vapor lo que llevó a muchos naufragios por que el barco no soportaba tanto peso al haber sido diseñados para navegar a vela. Aún a pesar de ello, los tripulantes de esos novedosos barcos impulsado por vapor se solían mofar de los viejos marinos de vela a los que en sus adelantamientos les gritaban «¡Tú llevas a San Telmo en las gavias, pero yo llevo el viento en la bodega!«

A falta de otra explicación, se atribuye el origen del término candray a los marinos ingleses, que llamaban “can-dry”a todos aquellos barcos o barcazas sencillos que usaban para navegar por los canales y que no requerían de un gran equipamiento ni de un mantenimiento especiales. Entiendo que eran barco que podían quedar en seco sin que ello significase un problema. Se construian en madera de roble y de encina, tenían entre 18 y 20 metros de eslora, cinco de manga y uno de puntal.
Para entender el porqué de la importancia de esos barcos sencillos en el desarrollo de las comunicaciones y la economía de la zona, es necesario entender su geografía. La Bahía de Cádiz constituye una zona compuesta por un variado número de ecosistemas relacionados entre sí, como playas, marismas, salinas, planicies de fangos intermareales y pinares costeros, así como islas y una interminable sucesión de canales de agua de mar, riegos y riachuelos, así como canales principales que sirven de vías de comunicación entre los municipios de Cádiz, San Fernando, Puerto Real, Chiclana de la Frontera y El Puerto de Santa María, formando parte en la actualidad del parque natural de la Bahía de Cádiz, espacio natural protegido desde 1989 que abarca 10.522 hectáreas.
Los desplazamientos entre los núcleos urbanos y las explotaciones salineras de la Bahía de Cádiz se realizaron durante siglos a través de los caños y a lo largo del curso del río Iro. Para ello se usaban embarcaciones de corto calado que servían al mismo tiempo para transportar las cosechas de sal así como botas de vino para el comercio con América. En los años 30 aún era frecuente ver candrays que llegaban desde Portugal para regresar cargados de de sal y de uva rey para verdeo, esto es, para ser consumida como fruta.
Los salineros utilizaban un sistema de medida de volumen, anterior al sistema métrico, que llamaban Lastre. Los candrays podrían transportar unos 20 lastres, equivalente a unas 48 toneladas de carga aproximadamente. Para cargar un candray con 20 lastres se necesitaban, aproximadamente, 660 cargas de parihuelas tipo cajón. (El número de parihuelas con las que se cargaba la sal daba la medida del cargamento: una parihuela enrasada equivalía a una fanega en 1766. Aunque ya en el siglo XIX, los salineros daban por hecho que treinta y tres parihuelas equivalían a un lastre, unos 2.400 kilos)

La tripulación de un candray la formaban un patrón y tres o cuatro marineros. Se impulsaban gracias a una vela mística. Por aquel entonces las salinas se clasificaban según la dificultad y el gasto que originaba su carga: “salinas que podían cargar en todo viento y marea”, “salinas que podían cargar en todo viento y marea, excepto fuerte viento de levante”, “salinas a las que podía arribarse con cualquier viento, pero no todas la mareas”, “salinas en las que podía cargarse con todo viento y levante flojo en la primera punta del aguaje”, “salinas cuyos caños solo eran accesibles con ciertos vientos y mareas” y, finalmente, “salinas con problemas de accesos variados a sus caños”.
Según explican en el foro Marinos Mercantes, el candray, era el nombre que se daba a los barcos viejos, mal equipados y peor cuidados.
Como curiosidad, apuntar que en canarias esa expresión traspasó el ámbito marinero y un candray es un coche viejo y destartalado También se llama así a una persona que, debido a su gran envergadura física, se mueve torpemente.
Sí, según mi muy mejor amigo, me gustan los candrayos. Y no le falta razón. ¿Y a tí?

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