Desde que mi querido «Krabbe» llegó a Baiona un ya remoto 4 de febrero de 2024, no realizó más trayectos surcando las aguas que los necesarios para ser trasladado desde su plaza de amarre hasta el muelle del travel-lift para recibir agua a presión, lijado, cambio de ánodos y patente. Eso sucedió en 2 ocasiones.
Desde su llegada a Baiona, el «Krabbe» se secó (había llegado inundado de Francia, con agua dulce que entraba a borbotones por la cubierta dañada), se saneó la cubierta retirando toda la teca sintética, reparando la fibra allí donde estaba podrida por el efecto electrolítico del aluminio y el acero de refuerzo de los carros de escota, se limpió el cuarto del motor, se revisó el motor, se revisó y cambió toda la instalación eléctrica, se instaló un nuevo sistema de calefacción, una nueva emisora de VHF, se lavaron y reemplazaron cojines, cabos, drizas, se revisaron grifos de fondo y en definitiva, se trabajó mucho y muy duro para dejar el barco a son de mar.

Algo de mar de fondo, viento moderado, temperatura sobre 21º y un cielo despejado. Un día luminoso, sereno y con unas condiciones perfectas para disfrutar de una navegación en la que en algún momento alcanzamos la asombrosa velocidad, según el GPS, de unos 6 nudos sobre el fondo (SOG).

Al contrario de lo que en un principio pensé, «Kika» estuvo más relajada de lo esperado. No ladró, no se meró, no vomitó y no se movió de la cómoda y profunda bañera del «Krabbe». Supongo que estaría pensado en lo raro que se comportan estos humanos que se suben a extraños objetos flotantes móviles y sonríen sin razón alguna al sentir como se desplazan sobre la superficie de la mar océana. O simplemente estaría aburrida deseando llegar a tierra y comerse un merecido hueso.

Supongo que es porque se trata de un barco de construcción sueca, del año 84 del siglo XX, que no puedo evitar imaginarme todas las fotos a bordo de él con mucho grano, un estilo vintage retro y con música de «Abba» sonando a todo volumen. Aunque en 1984, cuando se construyó la unidad 330 del Malö 40, un grupo sueco llamado Herreys ganó el festival de Eurovisión con una canción titulada «Diggi-loo diggi-ley«, aunque por entonces, yo, a mis 14 años, no tenía ni idea de la existencia de aquel grupo. estaba enamorado platónicamente de una compañera del colegio, escuchaba a Nick Kershaw, a David Bowie, a Queen, a Sade y a Prince y bailaba con lágrimas de adolescente en los ojos escuachando a Ultravox y aquella maravillosa «Dancing With Tears in My Eyes» mientras pensaba en lo desafortunado que era en amores y soñaba con un futuro prometedor como dibujante de cómics, actor o director de películas de cine animado. Todo está envuelto en una atmósfera de nostalgia ochentera, como cada crujido de la rueda de mi querido «Krabbe»

Deja un comentario