Terry Jo Duperrault sobre su pequeño flotador el 16 de noviembre de 1961 fotografiada por el capitán del «Captain Theo» momentos antes de ser rescatada ©John Galanakis/Cortesía de Titletown Publishing
Si te contase la historia de Terry Jo Duperrault sin aportar la documentación gráfica y los testimonios reales de la época, creerías que se trata de una de esas narraciones guionizadas creadas para un falso documental, una serie de truecrime o el resumen de una novela. Y como de costumbre, la realidad siempre supera a la ficción. La aventura familiar que comenzó como unas vacaciones a bordo de un fantástico velero, surcando aguas turquesas y visitando playas vírgenes en islas paradisíacas se convirtió en una tragedia atroz, con una niña de once años sola en medio del océano, aferrada a un pequeño flotador, deshidratada, quemada por el sol y rodeada de tiburones… pero viva. Esta es su historia.
El «Captain Theo» rescata un ángel rubio
El 16 de noviembre de 1961 el carguero griego «Captain Theo» cruzaba el canal de la Providencia mientras seguía su rumbo a Puerto Rico. El segundo oficial, Nicolaos Spachidakis, vigilaba el gran azul caribeño desde el puente de mando, entornando los ojos para protegerse del sol mientras oteaba el horizonte. En aquel día claro y luminoso, entre los centelleantes rayos de sol que destellaban entre las olas, un pequeño punto blanco que parecía no moverse llamó su atención. No podía tratarse de un bote de pesca. Se hallaban demasiado lejos de la costa. Sin embargo había despertado su curiosidad lo suficiente como para avisar al capitán, Stylianos Coutsodontis.

Cuando el Captain Theo se acercó lo suficiente al misterioso objeto blanco, lo que vieron desde del puente los dejó perplejos. Se trataba de una escena que rozaba lo surreal. En un mar increíblemente azul, bajo un sol abrasador, rodeado por tiburones que nadaban en círculos a su alrededor, recostada sobre un salvavidas de corcho ovalado con un fondo de red, se hallaba una niña de aspecto angelical, rubia, bronceada por el sol, vestida con una blusa blanca y unos pantalones pirata de color rosa. La escena era asombrosa y dejó perplejos a los marineros, uno de los cuales tomó una fotografía del momento exacto del encuentro. Aquella imagen daría la vuelta al mundo. De este modo aquella niña sería conocida como «el ángel rubio encontrado en el mar»

Tras parar las máquinas del buque e indicar a la niña que no se zambullera al agua, la tripulación improvisó una balsa de bidones con la que acercarse a ella y rescatarla. Sobre aquel frágil bote de bidones, un marinero, Evangelos Kantzilas consiguió llegar hasta el flotador, tomar a la niña en brazos y trasladarla consigo. Desde la cubierta del Captain Theo, la izaron con un improvisando un arnés pasando una cuerda bajo las brazos de la niña izándola a la cubierta del barco. Era un milagro haber encontrado a aquella pequeña al borde del colapso. Su temperatura corporal era de 40,5 Cº
Le dieron agua y zumo, la refrescaron con toallas húmedas por la cara, brazos y piernas y le aplicaron vaselina en los labios inflamados por el sol y la salitre. El capitán Coutsodontis intentó hablar con ella sin conseguir que ella articulara palabra. Estaba aturdida, deshidratada y desorientada. Finalmente, y ante la insistencia del capitán alcanzó a decir su nombre, su edad y el lugar de origen. Se llamaba Terry Jo Duperrault, tenía 11 años y era originaria de Green Bay, Wisconsin.

En aquellas últimas horas de la mañana de aquel jueves 16 de noviembre de 1961 aún nadie sabía que Terry Jo había pasado tres días y medio, ochenta y cuatro horas interminables, a flote rodeada de tiburones sobre un precario salvavidas, sin agua, sin provisiones y sin esperanzas. Horas más tarde de haber sido rescatada del mar, un helicóptero la trasladaría a un hospital de Miami, donde tardaría once días en recuperarse.
Julian Harvey: un capitán heróico
Tres días antes, el lunes 13 de noviembre, mientras Terry Jo se encontraba sola a la deriva sobre su pequeño flotador, alrededor del mediodía la Guardia Costera estadounidense rescataba a un hombre que respondía al nombre de Julian Harvey a bordo de un pequeño bote auxiliar, llevando a bordo el cuerpo sin vida de una niña. Harvey explicaría la pequeña se había ahogado en naufragio del barco que él capitaneaba. Era el único superviviente y el de la pequeña, el único cuerpo que había podido recuperar tra haber intentado todo lo posible para salvar a los demás pasajeros.
Según su relato, había intentado reanimarla sin éxito. El informe forense posterior confirmaría que, en efecto, la niña había fallecido por ahogamiento. En los días posteriores a su rescate, Harvey relató a las autoridades los hechos que lo habrían llevado a aquel bote salvavidas.

Hacía cinco días, el 8 de noviembre, que había zarpado desde Florida, en calidad de capitán a bordo del «BlueBelle» un magnífico queche de chárter 18 metros de eslora que había sido alquilado por la familia Duperrault formada por Arthur, su esposa Jean y sus tres hijos, Brian, Terry Jo y la pequeña Rene, la menor de la familia. A bordo también iba su esposa Mary Dene en calidad de cocinera.
Relató que durante los tres días siguientes la navegación se había desarrollado sin registrar ningún tipo de incidente. Sin embargo, la noche anterior a haber sido hallado en el bote, se había desatado una inesperada y brutal tormenta de forma súbita. Sobre las 11 de la noche, un golpe de mar había roto el palo mayor, que cayó sobre la cubierta, lanzando cabos, velas y obenques sobre la cubierta, que había quedado muy dañada. Con la caída del aparejo, su esposa, Mary Dene, y el matrimonio Duperault habrían resultado heridos de diversa consideración. Pero lo peor estaba por llegar. La caída del mástil había dañado lo conductos del gas butano en la sala de máquinas, lo que produjo un virulento incendio. El «Bluebelle» estaba perdido.

Los restos del mástil le habían impedido llegar hasta donde se hallaban los demás pasajeros. Tan sólo tuvo tiempo de lanzar el bote salvavidas y una balsa al agua. Saltó al bote y trató de ayudar a los heridos que atrapados entre el revoltijo de cabos y cables, eran arrastrados al fondo sin remisión. No pudo hacer nada, excepto rescatar del mar el cuerpo sin vida de la pequeña Rene.
Vacaciones perfectas a bordo del «Bluebelle»
Haber servido durante la segunda Guerra Mundial navegando por el Pacífico Sur, había dejado una huella imborrable en los recuerdos de Arthur Duperrault, natural de Wisconsin y dueño de una consulta de optometría en Green Bay, gracias a la cual disfrutaba de una economía desahogada. Obsesionado con regresar al mar, ansioso de perseguir aventuras en cálidas latitudes, , tan lejos de Green Bay y de su frío Wisconsin natal, se planteó llevar a su familia a vivir durante un año navegando de isla en isla en el Caribe. Con paciencia, ahorrando y planificando el futuro de aventura que regalarían a sus hijos, Arthur y su esposa Jean, comenzaron a buscar el barco que se ajustase a su proyecto.

A finales del año 1961 ambos decidieron que antes pasar el gran año sabático, debían probar los pros y los contras de la vida a bordo con su familia y decidieron pasar unas semanas de vida a bordo de un barco de alquiler acompañados de sus tres hijos, Brian, de 14 años, Terry Jo, de 11 y la pequeña Rene, de 7. Sería una especie de ensayo general de la vida que imaginaban juntos en el mar, lejos del invierno duro de Wisconsin.
En la marina Bahia Mar, en Fort Lauderdale, Florida, descubrieron el «Bluebelle» un elegante velero de dos mástiles de líneas clásicas y apariencia sólida, que parecía ser el candidato perfecto para lo que ambos tenían en mente. y se parecía mucho al barco que buscaban adquirir para su aventura.
La fortuna parecía sonreírles. El propietario del barco, Harold Pegg, les ofrecía en el paquete contratado, la seguridad de navegar acompañados por un capitán profesional, Julian Harvey, un hombre de 44 años, teniente coronel retirado de la Fuerza Aérea, piloto de bombardero condecorado en la Segunda Guerra Mundial y Corea, experto navegante y su esposa, Mary Dene, ex azafata de TWA y aspirante a escritora, quien se encargaría de la cocina a bordo.
Harvey encarnaba la viva imagen del hombre de mar competente y carismático. Era un tipo corpulento, atlético, amante del culturismo, seguro de si mismo y rodeado de una aureola de pasado heroíco plagado de medallas. Desprendía un encanto que resultaba magnético e irresistiblemente cautivador.

Así, el el miércoles 8 de noviembre de 1961 la familia Duperrault, embarcó en el «Bluebelle» El motor Chrysler de 115 caballos rugió al arrancar e impulsar al «Bluebelle» lejos del muelle, hasta izar las velas y comenzar la auténtica navegación sobre las aguas verde esmeralda de la mar abierta y luego sobre al azul intenso de la Corriente del Golfo.
Los días siguientes transcurrieron exactamente como Arthur siempre las había imaginado. Navegaron hacia las islas Bimini y después hasta Sandy Point, un pequeño pueblo en el extremo suroeste de la isla Gran Ábaco. Los Duperrault bucearon, nadaron, recogieron conchas en blancas playas de arena casi virgen, exploraron los cayos y disfrutaron de una libertad prooia de la mejor novela de aventuras. La mañana del domingo, antes de zarpar de regreso a Florida, Arthur y los Harvey se detuvieron en la oficina de Roderick Pinder, comisionado de Sandy Point, con el fin de completar los formularios de salida rumbo a Estados Unidos. Arthur, entusiasmado, le confesó que aquellas habían sido «las vacaciones de su vida» y aseguró que volvería por Navidad. Aquella noche, Mary Dene preparó pollo a la cazadora con ensalada en la cubierta del «Bluebelle». Nadie a bordo sospechaba que aquella sería la última cena para casi todos ellos.
Terry Jo
Una semana después, aún convaleciente en el hospital de Miami al que había sido trasladada tras su providencial rescate, Terry Jo, el milagroso ángel rubio del «Captain Theo», fue interrogada por las autoridades a quienes relató lo sucedido punto por punto. El día 12, exhausta había bajado a su camarote situado a popa. Creía recordar que podría haber sido aproximadamente poco después de las nueve. Solia dormir allí con su hermana pequeña, Rene, pero esa noche, cálida y serena, la pequeña se había quedado en la cubierta con sus padres y su hermano Brian, disfrutando de la suave noche caribeña.

No sabía cuánto tiempo podría haber transcurrido desde que se había quedado dormida hasta que, en medio de la noche, tenuemente iluminada por la luna creciente, un grito la despertó y el pánico se apoderó de ella. Quien chillaba era su hermano Brian, un grito desesperado “¡Ayuda, papá! ¡Ayuda!”. Ella quedó paralizada. En la cubierta, sobre su cabeza, oyó pisadas, carreras y pasos apresurados. Y de repente, nada, el silencio más atronador. Sólo podía escuchar el latido de su corazón que parecía querer salirse del pecho, su respiración agitada y un amenazador silencio que la aterrorizaba.
Estaba inmóvil. Ningún músculo de su cuerpo respondía. No podía hacer más que temblar descontroladamente. Tras unos instantes, que parecieron una eternidad, logró controlar el pánico. Se armó de valor y salió de su litera. Atravesó la cubierta y cautelosamente entró en la cabina principal, el salón del barco, que por las noches se convertía en un camarote. En medio de un charco de sangre yacían los cuerpos sin vida de Brian y de su madre Jean. Sollozando, estremecida por el terror y temblando, salió a toda velocidad por una de las escotillas y vió un reguero de sangre sobre la cubierta. Acumulado en el costado de estribor, otro charco de sangre y un enorme cuchillo ensangrentado.

Presa del terror corrió hacia proa en busca de su padre pero en medio de la oscuridad , se topó de bruces con el capitán Harvey, quien sin mediar palabra, la empujó bruscamente hasta obligarla a bajar de nuevo a su camarote. Obedeció y corrió a su camarote donde se escondió bajo las sábanas como si de aquel modo pudiera huir de aquella pesadilla. Pero nada más lejos de la realidad. Al rato escuchó un chapoteo. El barco había comenzado a inundarse y se hundía lentamente. El capitán Harvey se asomó al camarote. La miró con indiferencia y desapareció sin mediar palabra.
Reuniendo las últimas fuerzas que le quedaban, se incorporó, avanzó con dificultad en el agua que ya le llegaba a la cintura y accedió de nuevo a cubierta. Desde allí distinguió el bote auxiliar y una balsa inflable a flote. En ese instante, Harvey apareció en la cubierta otra vez. Le gritó que el barco se estaba hundiendo, le lanzó la cuerda del bote y le ordenó que la sujetara. Pero Terry Jo, paralizada por el shock no hizo el más mínimo esfuerzo para hacerlo y el cabo se deslizó entre sus dedos mientras el bote se alejaba sin remedio. Harvey se arrojó entonces al mar para alcanzarlo, nadando hacia la oscuridad hasta desaparecer de su vista. Se había quedado completamente sola a bordo del Bluebelle, que se hundía sin remedio.
Recordó que su padre le había mencionado que en algún rincón de la cabina principal, había un pequeño flotador de corcho. Lo buscó y milagrosamente lo encontró. Lo desató salió a cubierta. El barco ya estaba totalmente inundado. Medio nadando, medio arrastrándose, empujó el flotador hacia mar abierto mientras el velero se hundía rápidamente. En ese momento uno de los cabos del flotador se enganchó en el casco. Durante unos segundos, Terry Jo fue arrastrada hacia el fondo junto con los restos del Bluebelle. Pero cabo cedió y el flotador emergió de nuevo, llevándola con él a la superficie. Aferrada a aquel pequeño óvalo de corcho, envuelta por la oscura inmensidad del mar y marcada para siempre por el sangriento recuerdo del final de su familia, había quedado a merced de las olas y la fortuna.
Ochenta y cuatro horas a flote
Terry Jo no tenía ni agua ni comida. Únicamente la ropa que llevaba puesta. Sin abrigo contra el frío nocturno, ni protección contra el sol del Caribe. Las nubes habían ocultado la tenue luz de la luna. La oscuridad era casi total. Asustada y empapada, no podía dejar de pensar en su familia y en la fría y odiosa mirada de Harvey. Con el amanecer llegó un nuevo enemigo. Tras el frío de la noche, el implacable sol del Caribe subió la temperatura hasta unos 29ºC. El flotador comenzaba a deshacerse. El cordaje sobre el que se apoyaba se rompía y su vulnerabilidad era cada vez mayor.

Tras otra noche de frío, humedad, soledad, tristeza y miedo, al segundo día, un pequeño avión rojo apareció en el cielo, volando en círculos. Terry Jo logró ponerse de pie sobre su flotador agitando su blusa blanca tratando de hacerse ver. Cuando el avión se dio la vuelta y se alejó de la zona, perdió toda esperanza de ser rescatada. Era prácticamente invisible desde cualquier barco o avión. Una niña rubia sobre un flotador blanco, entre la espuma de las olas del mar no era nada más que un punto indetectable en la inmensidad del océano. Ella no lo sabía, pero la corriente la estaba empujando lentamente hacia el norte, rumbo a la Corriente del Golfo y, más allá, hacia el Atlántico abierto. La tercera noche al borde del agotamiento total, empezó a soñar despierta
El miércoles amaneció de nuevo implacablemente brillante. Le dolían los músculos, los ojos le ardían por la luz y la sal. La piel le quemaba incluso bajo la blusa y los pantalones, y los labios se habían agrietado e hinchado por la salitre, la deshidratación y el sol. Gran parte del entramado de cuerdas del flotador se había roto, obligándola a mantenerse rígida sobre los bordes del óvalo para no hundirse. En ese estado empezó a sufrir alucinaciones hasta que finalmente, perdió el conocimiento.
Al amanecer, el jueves se hallaba sumida en una especie de sueño profundo. El flotador la mecía sobre las olas mientras la niña se hallaba en un punto indeterminado entre la vigilia y el sueño. Y entonces, sucedió el milagro. Una sombra gigantesca, una mole ruidosa se acercaba hacia donde estaba. Cuando alzó la vista distinguió que se trataba de un enorme buque desde cuya cubierta muchos hombres se asomaban a la borda agitando sus brazos, dando voces y gritando. Sin saber como, poco después sintió que alguien la elevaba en brazos y la trasladaba en volandas. No era un sueño. Había ocurrido un milagro.
El final de Harvey
Alojado en el motel Sandman de Miami, tras su rescate, mientras declaraba los pormenores del terrible naufragio, Harvey fue informado de que la pequeña Terry Jo había sido encontrada con vida a la deriva sobre una balsa de corcho. Tratando de contener la conmoción de la noticia de que Terry Jo había logrado sobrevivir milagrosamente, comprendió que su versión no resistiría la existencia de otra testigo. Su relato tenía inconsistencias. No se había registrado ninguna tormenta en la zona esa noche, y el mar, como confirmaría más tarde Terry Jo, estaba en calma. Sin embargo, en aquel momento, nadie tenía motivos contundentes para contradecir la palabra de un veterano condecorado. A la mañana siguiente, el cuerpo de Harvey fue hallado sin vida en su habitación. Se había suicidado cortándose la garganta, los tobillos y el muslo izquierdo con una hoja de afeitar de doble filo. Junto a él, una nota: «Estoy atravesando una crisis nerviosa y no tengo fuerzas para continuar». La investigación posterior revelaría el siniestro y oscuro historial plagado de accidentes, seguros cobrados y relaciones rotas.
Una biografía siniestra
Harvey había crecido como un niño consentido. Era hijo de una corista de Broadway abandonada por su padre biológico, y más tarde adoptado de hecho por un empresario de vodevil que colmó cada uno de sus caprichos. Según relatan quienes conocieron su infancia, aquel padrastro llegó incluso a regalarle un velero cuando cumplió diez años. Harvey creció y se convirtió en un joven atractivo. Trabajó como modelo, fue deseado por muchas mujeres y acumuló méritos durante la guerra que lo convirtieron en un héroe condecorado y reconocido

En 1949, su tercera esposa, Joann y su suegra murieron ahogadas cuando el automóvil que Harvey conducía cayó desde un puente a un pantano. Él fue el único superviviente. En el atestado posterior al accidente explicó que, anticipando el impacto, había abierto la puerta y se había arrojado fuera del vehículo justo antes de que este se precipitara al agua. Sin embargo, cuando los buzos recuperaron los cuerpos, encontraron las cuatro puertas cerradas y la ventanilla del conductor bajada, una evidencia que sugería una posibilidad muy distinta a la que Harvey había ofrecido con sus explicaciones.
El padre de Joann, perturbado por las contradicciones y por la aparente frialdad de su yerno, solicitó una investigación formal. Un médico militar que evaluó a Harvey en ese período dejó por escrito una conclusión inquietante: bajo su encanto superficial se ocultaba una personalidad narcisista, profundamente amoral, carente de empatía auténtica y potencialmente peligrosa. A pesar de esas sospechas, nunca se reunieron pruebas concluyentes, y el caso terminó archivado. Harvey, entretanto, cobró el seguro de vida de su esposa.

Con el paso de los años, otros episodios siguieron un patrón similar. Su yate, el «Torbatross», se hundió en circunstancias dudosas en la bahía de Chesapeake tras colisionar con el pecio del USS Texas, un obstáculo bien señalizado y de sobra conocido. La indemnización federal no tardó en llegar Más tarde, su lancha Valiant ardió en alta mar, en el Golfo de México, en un momento en que Harvey atravesaba serias dificultades económicas. Cobró un seguro de 40.000 dólares. Estos incidentes, ahora reunidos, retrataban a un hombre que se movía con inquietante naturalidad en el territorio donde la desgracia y la conveniencia económica se cruzaban una y otra vez.
La reconstrucción de los hechos en el «Bluebelle»
Cuando Harvey aceptó capitanear el Bluebelle para Harold Pegg y vivir a bordo con su sexta esposa, Mary Dene, su situación económica volvía a ser angustiosa. Meses antes del viaje con los Duperrault, había contratado para Mary un seguro de vida con una indemnización de 20.000 dólares. Tras escuchar el relato de Terry Jo y el suicidio de Harvey, se ataron cabos: el móvil era matar a su esposa en alta mar y simular un accidente para cobrar la póliza.
Harvey habría intentado ahogar a su mujer Mary en la oscuridad de la noche. Arthur lo habría sorprendido e intervino tratando de impedirlo. Harvey lo asesinó y luego habría eliminado a Jean y Brian, quienes habían presenciado ambos crímenes. Todo parece apuntaba que a la pequeña Rene la habría asesinado ahogándola en el mar llevando consigo el cadáver para reforzar su versión de lo sucedido y dotar de mayor credibilidad a su relato en el que él habría tenido un comportamiento heroico, tal y como se esperaba de un veterano de guerra. Después habría abierto un boquete en el casco para hundir el barco y preparar su historia de tormenta. Convencido de que Terry Jo moriría en su camarote, había pensado que su plan finalmente no sólo se habría ejecutado a la perfección, sino que la notoriedad del casi le convertiría en una celebridad.

El relato de Terry Jo había desmontado su coartada y revelado su monstruosa personalidad, poniendo así un dramático punto final a su terrible carrera. Tras lo sucedido, Terry Jo regresó a Green Bay para vivir con su tío sus tres primos. A los doce años decidió cambiar su nombre: de Terry Jo pasó a llamarse Tere Jo. Durante décadas evitó hablar en público de lo ocurrido. Se casó en cuatro ocasiones. Tuvo tres hijos, afrontó altibajos anímicos y hubo de superar múltiples depresiones. Le costó muchos años aceptar la muerte de su padre: como no había visto su cuerpo, se aferraba a la fantasía de que seguía vivo en algún lugar.

Casi medio siglo después de la tragedia, en 2010, Tere decidió que había llegado el momento de contar su historia con su propia voz. Lo hizo con la ayuda del psicólogo y escritor Richard Logan en el libro «Alone: orphaned on the Ocean» (Sola: huérfana en el océano), donde reconstruye tanto la noche de sangre en el Bluebelle como los días en el mar y la larga travesía interior posterior.
En la actualidad, ya septuagenaria, vive en Kewaunee, Wisconsin, casada desde hace años con Ron Fassbender. Su vida, lejos de la espectacularidad mediática, es tranquila, pero su relato sigue circulando en libros, reportajes y documentales, inspirando a personas que han atravesado pérdidas extremas. «Siempre creí que me había salvado por una razón», dijo Tere a CBS News. «Si una persona se recupera de una tragedia en la vida [después de leer mi historia], mi viaje habrá valido la pena»
⚠️ Nota: La historia de Terry Jo y el fatal destino del Bluebelle ha sido reproducida decenas de veces en otros tantos posts de blogs, Facebook, Instagram y otras redes sociales. Hay algunos textos publicados que se alejan mucho, por lo que he podido comprobar, de la realidad de los hechos. He intentado ser lo más fiel posible al relato de la propia Terry Jo para lo cual este post contiene párrafos casi literales traducidos de fragmentos públicos del libro «Alone: orphaned on the Ocean». Todas las fotografías han sido coloreadas por mí siendo los derechos de uso y reproducción de las originales de sus correspondientes propietarios.
Para saber más:
Readers Digest: Orphaned on the ocean. The unbelievable story of Terry Jo Duperrault
Today.com: murder rampage left girl orphaned adrift
Time.com: The bluebelle’s last voyage
Nevsedoma.com: An 11 year old girl spent more than three days in the open ocean
American Archive: https://americanarchive.iwm.org.uk/archive/person/julian-arthur-harvey

Deja un comentario