Nuestro protagonista Gerald F. Gerry Spiess nació en 1940 en St. Paul, Minnesota, USA, siendo el segundo hijo de la familia. Su padre, Louis, empleado de la multinacional 3M, se veía obligado a mudarse frecuentemente con su familia a distintos países lo que implicó que su educación transcurriera en el extranjero, incluyendo largos periodos en Australia y México. Ser un desplazado fomentó en el joven Gerry una insaciable curiosidad. Por fin, durante su adolescencia, la familia se estableció definitivamente en St. Paul y White Bear Lake, en Minnesota.

Estudió psicología, y algo de sociología y antropología en la Universidad de Minnesota. Tras graduarse, sirvió en la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Al regresar , trabajó como instructor de electrónica para 3M en su centro de formación de Maplewood, y se especializó en formación profesional en la Universidad de Minnesota. A mediados de la década de 1970 inició su carrera docente en escuelas públicas estatales al tiempo que ya planificaba sus primeros proyectos de navegación. Su interés inicial por la navegación surgió a partir de sus experiencia en White Bear Lake, donde probó pequeñas embarcaciones y perfeccionó sus habilidades básicas de vela. Estas salidas despertaron su fascinación por el diseño de microbarcos y la navegación en solitario, sentando las bases de aventuras mayores sin preparación oceánica inicial.
Diseño y construcción del Yankee Girl
Spiess concibió el Yankee Girl como un velero minimalista para travesías transoceánicas en solitario, priorizando la simplicidad, la durabilidad y la autosuficiencia para un constructor aficionado con recursos limitados. La filosofía de diseño apostaba por una embarcación compacta de menos de 10 pies para reducir costes y mejorar la maniobrabilidad en mares agitados, incorporando al mismo tiempo elementos de estabilidad como un centro de gravedad bajo y lastre para resistir vuelcos.

Este enfoque se basó en principios náuticos de navegabilidad en embarcaciones pequeñas, adaptando conceptos probados a una construcción en contrachapado realizable en un taller doméstico sin herramientas avanzadas. El proceso de diseño se prolongó durante seis años, centrado en la capacidad de autoadrizamiento, flotabilidad positiva, gobierno automático y características que permitieran al barco funcionar como balsa salvavidas en caso de emergencia.

Spiess construyó el Yankee Girl en el garaje de su casa. Comenzó en 1977 y completó el proyecto meses previos a su travesía transatlántica de 1979. Para ello empleó técnicas básicas de carpintería y materiales económicos, básicamente contrachapado marino, de bajo coste y fácil de trabajar, combinado con fibra de vidrio para aumentar la robustez y la durabilidad. Comenzó laminando la quilla, roda, refuerzo del espejo de popa, refuerzo de cubierta y base del mástil como una sola pieza solidaria, encolando y atornillando seis capas de contrachapado de 19,05 mm para crear una quilla robusta de 114,3 mm de grosor, lo que proporcionaba resistencia lateral.

A continuación, instaló cuadernas y refuerzos longitudinales antes de aplicar el forro del casco con contrachapado de 9,525 mm, recubriendo después el exterior con una tela pesada de fibra de vidrio de 339 g/m² impregnada en resina de poliéster, lo que dio como resultado una estructura resistente y continua con apariencia de nogal pulido. En cuanto al aparejo, equipó el barco con dos foques de 3,6 m², un spinnaker de 16,7 m² con dos tangones, un sistema de gobierno automático y un motor fueraborda de dos tiempos de 4,5 caballos montado en un soporte en la popa, alimentado por 245,5 litros de gasolina almacenada en bidones de plástico.

El interior se diseñó pensando en la habitabilidad en solitario y la seguridad, con una litera de longitud completa a lo largo del costado de estribor para el descanso, una gran escotilla que permitía convertir la cabina de popa en una bañera protegida para gobernar en mal tiempo, y compartimentos de almacenamiento para provisiones y equipo que también actuaban como lastre. El peso total del barco cargado alcanzaba hasta 998 kg, proporcionando estabilidad sin necesidad de emplear un lastre de plomo. Incorporó detalles pensados para un navegante solitario, como un mástil con cuna abatible que podía izarse sin ayuda. Cada componente cumplía una doble función, como por ejemplo, compartimentos de estiba que también servían como refuerzo estructural optimizando el espacio en la diminuta cabina.
Antes de la travesía oceánica, Spiess realizó exhaustivas pruebas de funcionamiento, pasando largos periodos a bordo del Yankee Girl , durmiendo, comiendo y navegando para asegurarse de que todos los sistemas funcionaban con fiabilidad y para familiarizarse con su comportamiento. Durante el desarrollo realizó ajustes en el diseño de la quilla, optando finalmente por una forma larga pero poco profunda y gradual tras diversos experimentos, y confió en las provisiones, el agua, las herramientas y otros materiales, como lastre.
El primer viaje: la travesía transatlántica
Tras darse por satisfecho con el resultado de las pruebas realizadas en el lago, remolcó el barco, de unos 340 kg con aparejo incluido, White Bear Lake hasta Virginia Beach, al sur de Norfolk, en Virgina, un viaje por carretera de 1.931 km. para desde allí iniciar su travesía transatlántica.

La partida no despertó un gran interés en los medios de comunicación de la época. Un puñado de medios locales destacando su ambición de establecer un récord para la embarcación más pequeña en cruzar el Atlántico de oeste a este.
Así, sin ninguna fanfarria, zarpó equipado con cuatro velas, provisiones no perecederas —conservas, granola, carne seca, frutas deshidratadas y leche enlatada— suficientes para más de los 60 días que había estimado que duraría su aventura. El equipo de seguridad incluía chalecos salvavidas, bengalas, reflector radar, un motor auxiliar de emergencia de cuatro caballos, 227 litros de combustible y un sistema de gobierno automático. La navegación se basaba principalmente en métodos tradicionales de astronomía náutica, usando un sextante para observaciones solares y estima, complementados con una radio de onda corta para informar de su posición y recibir partes meteorológicos.

Spiess había planificado minuciosamente la ruta. Sería una travesía de 3.800 millas a través del Atlántico Norte, con la intención de aprovechar el empuje de la Corriente del Golfo y los vientos dominantes del oeste para avanzar hacia Europa. Sus cálculos le llevaron a concluir que el viaje tendría una duración de unos 60 días, en condiciones favorables. en su planificación y evitó escalas intermedias como las Azores para mantener un rumbo directo.

Durante los primeros días en el mar, Spiess registró un avance constante hacia el este, con una media de 70 a 80 millas diarias recorridas gracias a vientos moderados del norte y el mar favorable de popa, según informó por radio a sus contactos en tierra. Las condiciones meteorológicas eran variables pero en general favorables al inicio, con cielos parcialmente cubiertos y olas inferiores a 3 metros, lo que le permitió establecer una rutina de guardias de cuatro hora. Para el quinto día ya había superado la plataforma continental y entrado en el Atlántico abierto, anotando en su cuaderno de bitácora la notable estabilidad del barco y la fuerza que le daba el horizonte infinito.

Ya en mar abierto se enfrentó a mares muy revueltos y grandes olas frente a la costa este de Estados Unidos. El viento desgarró la vela mayor, obligándole a repararla en medio de la agitación y el cabecero provocados por el intenso oleaje. En otra ocasión un golpe de mar lo arrojó por la borda. Rras unos 30 minutos que en el agua, una eternidad, logró regresar al Yankee Girl gracias a su línea de vida . Sufrió mareos que le impidieron comer durante algunos días y también tuvo un encuentro amenazante con un tiburón merodeando alrededor del barco.

A medida que se internaba en Atlántico se encontraba con tormentas cada vez más fuertes, incluyendo temporales de fuerza 8 y olas de hasta 6 metros que golpeaban violentamente el casco y lo obligaban a permanecer asegurado bajo cubierta durante horas, racionando comida y agua. Acusó la soledad y atravesó episodios de profunda depresión, agravados por alucinaciones provocadas por la fatiga por la falta de sueño.
La navegación no resultó sencilla. Un error de posición debido a la niebla y a las limitaciones de los instrumentos, lo desviaron de su rumbo, que corrigió gracias a observaciones astronómicas. A esto se sumaron fallos mecánicos, como el bloqueo del sistema de gobierno automático, que le obligaba a realizar correcciones constantes, y un encuentro cercano con un gran buque mercante en zonas de tráfico intenso.

Finalmente, el l 24 de julio de 1979, tras 54 días en el mar, Spiess llegó a Falmouth, Inglaterra, convirtiéndose en la primera persona en cruzar el Atlántico de oeste a este en una embarcación de menos de 10 pies de eslora, estableciendo el récord del barco más pequeño en lograrlo.
Tras atracar, fue sometido a controles médicos inmediatos que revelaron una leve deshidratación pero ninguna lesión grave, seguido de una cálida recepción mediática que destacó su logro como un triunfo de la resiliencia humana. El Ocean Cruising Club y otras entidades náuticas verificaron posteriormente el récord revisando el cuaderno de bitácora y ortros testimonios..

El segundo viaje: la travesía transpacífica
Tras haber superado con éxito la travesía atlántica, Spiess realizó importantes modificaciones en el Yankee Girl basándose en la experiencia acumulada en aquella primera aventura. Para preparar el pequeño barco para afrontar una travesía transpacífica de más de 7.000 millas, reforzó completamente el casco, la cubierta y la cabina con nueva fibra de vidrio para reparar los pequeños daños sufridos durante el transporte de regreso a Minnesota y para mejorar la integridad estructural de cara a mares más duros en el Pacífico. También reforzó zonas sensibles a maniobras de entrada en puerto y fondeo, y mejoró el almacenamiento de gasolina para poder transportar más combustible sin comprometer la capacidad de autoadrizamiento o la flotabilidad positiva del barco.

Priorizó mejoras en la navegación y las comunicaciones, hasta añadir ocho radios entre las que se hallaban equipos de radioaficionado capaces de contactar con barcos y aeronaves, un sistema de navegación por satélite con antenas internas protegidas contra la corrosión y una sonda con capacidad de medir profundidades de hasta 300 metros y velocidad con precisión de una décima de nudo. Estas mejoras complementaban el uso del sextante, necesario ante el mayor aislamiento del Pacífico y la exposición prolongada al agua salada.

Spiess zarpó de Long Beach, California, el 1 de junio de 1981 a bordo del reparado y mejorado Yankee Girl, iniciando una travesía en solitario por el océano Pacífico de aproximadamente 7.800 millas náuticas, casi el doble de la distancia recorrida en su travesía atlántica. La ruta planificada incluía varias etapas aprovechando los vientos alisios. Unas 2.500 millas hasta Honolulu, el tramo más largo sin escalas, alrededor de 1.000 millas hasta las islas de la Línea, luego Samoa y finalmente Sídney, Australia.

El primer tramo hasta Honolulu, de 2.539 millas, duró 34 días y tuvo que enfrentarse a dificultades inmediatas. Mares gélidos y revueltos en la zona de convergencia de corrientes, con olas rompientes de hasta 3,5 metros. Al noveno día de viaje, una fuerte tormenta sumergió temporalmente el barco bajo una gran ola, inundando la cabina.
Largos periodos de calma le obligaron a usar el motor auxiliar, que sufrió problemas por entrada de agua y cortocircuitos, reparados sobre la marcha. El uso prolongado del motor durante seis días consumió parte del combustible-lastre y generó preocupación por la acumulación de monóxido de carbono en el reducido interior.

Desde Honolulu navegó 1.150 millas en 18 días hasta la isla Fanning, demostrando una notable precisión al arribar a menos de 2 millas de su posición calculada. Las siguientes etapas incluyeron Samoa Americana y Fiyi.

Para llegar a Australia tuvo que enfrentarse a temporales tardíos, con vientos de 40 nudos y olas de hasta 6 metros que pusieron a prueba la resistencia del casco de contrachapado. Así, tras no pocas vicisitudes, y 153 días de viaje, el 31 de octubre de 1981, el Yankee Girl llegaba al puerto de Sídney, completando la travesía transpacífica y estableciendo un récord para la embarcación más pequeña en lograrlo sin asistencia.
Sus últimos años
Gerry Spiess fue coautor del libro «Alone Against the Atlantic», junto a Marlin Bree, publicado en 1981, en el que narró su travesía atlántica convirtiéndose en un éxito de ventas de inmediato. Sus logros fueron reconocidos en el Guinness Book of World Records, certificando sus récords por cruzar el Atlántico y el Pacífico en la embarcación más pequeña hasta entonces. Fue homenajeado en una recepción oficial en Washington D. C. y recibió reconocimientos múltiples reconocimientos en Minnesota.

Más allá de sus récords a vela, Spiess realizó otras hazañas, como pilotar una avioneta alrededor del perímetro de Estados Unidos y por los 48 estados contiguos, recorrer Europa y América en bicicleta y viajar en moto de nieve desde Minnesota hasta Dawson Creek, Canadá. Tras su regreso a Minnesota trabajó como conferenciante motivacional y consagró su tiempo a desarrollar proyectos personales. A mediados de la primera década de los años 2000 fue diagnosticado de Parkinson. Falleció el 18 de junio de 2019 a los 79 años en su hogar de Pine County, en Minnesota. Parte de sus cenizas fueron esparcidas en las islas de la Polinesia, cumpliendo uno de sus últimos deseos.
El Yankee Girl se conserva en la Sociedad Histórica de Minnesota, y en 2024 se construyó una réplica para exposición pública, manteniendo viva la historia de una de las mayores gestas de la navegación moderna
Cruzando el Pacífico a bordo de un barco de 3 metros:
Gerry Spiess dirige el Yankee Girl hacia Hawái
Extracto del libro «Broken Seas: True Tales of Extraordinary Seafaring Adventures» (Mares rotos: Historias reales de extraordinarias aventuras marítimas)
«Una luna llena se había alzado sobre el océano Pacífico Sur y, bajo su luz plateada, se estaban formando y rompiendo amenazantes olas largas. Grandes mares de fondo crecían y rompían; las largas olas se alzaban con crestas blancas que empezaban a caer sobre la pequeña embarcación. Golpeaban con fuerza su espejo de popa, sacudiéndola violentamente. Alarmado por el movimiento del barco, Gerry Spiess abrió de golpe la escotilla del Yankee Girl. Un viento helado le rozó el rostro al asomarse a las olas: empezaban a volverse caóticas y a amontonarse. Un chorro de agua salpicó su cara; el agua estaba sorprendentemente fría.
No se suponía que debiera ser así. Navegar por el Pacífico Sur debía significar días soleados con cálidos vientos alisios y noches tropicales encendidas de estrellas. Pero este viaje se estaba volviendo peligroso. Era la tarde del noveno día y las olas se alzaban hasta eclipsar al balandro de apenas tres metros. Había entrado en la zona de convergencia, donde una corriente fría que baja desde Alaska se encuentra con la corriente cálida central. Grandes olas comenzaban a formarse y romper. Cuando el viento cambió de dirección, se formaron dos sistemas de olas. Unas tenían entre 8 y 12 pies; las otras superaban los 8 pies. Peor aún, los trenes de olas empezaron a chocar entre sí conforme el viento rolaba. Cerrando de golpe la escotilla, Gerry se dejó caer dentro de la cabina, buscando el calor del saco de dormir. Agradeció haber decidido antes arriar todas las velas y correr a palo seco, un procedimiento estándar en mal tiempo. Pero sabía que le esperaba una noche dura. Hawái estaba a más de 1.800 millas… y parecía cada vez más lejos.

Hubo un golpe sordo y, de repente, láminas de agua se precipitaron a través de la escotilla cerrada. Sobresaltado, Gerry levantó la vista y vio una pequeña catarata inundando la cabina. Una ola por la popa había alcanzado al Yankee Girl y la había enterrado en el agua. Se había convertido en un submarino, con solo el mástil sobresaliendo. La presión del agua había reventado el cierre corredero de la escotilla. Instantes después, el barco logró liberarse de la ola, pero Gerry sabía que su embarcación estaba en peligro. El Yankee Girl iba muy cargado. El mar empinado y cerrado era tan duro que ni siquiera correr a palo seco funcionaba. No podía soportar más olas entrando por la popa.
Tenía que actuar, y eso significaba salir a cubierta. Midiendo el tiempo entre las olas, Gerry abrió la escotilla y se agachó sobre la cubierta mojada mientras el Yankee Girl cabeceaba bajo sus pies. A la luz de la luna vio una gran ola rugiendo hacia él. Logró cerrar la escotilla bajo su cuerpo. No había mucho de dónde agarrarse, pero se lanzó hacia delante por el techo de la cabina hasta el mástil, con el peculiar movimiento reptante que debía usar en un barco tan inestable, con una manga de apenas metro y medio.
Con una mano en el mástil, apoyó un pie en el obenque de estribor y en la placa de la cadena, y se agachó. La ola rugió sobre la popa y pasó por encima del barco, empapándolo mientras trabajaba. Por su peso, Gerry sintió cómo el barco escoraba bruscamente hacia un lado. El Yankee Girl dudó y luego se enderezó. Desde su posición pudo alcanzar hacia proa con una mano y soltar el foque, que estaba amarrado con cabo elástico a lo largo del costado de estribor de la proa.
Con calma, lo encapilló en el estay de proa. Amarró la driza del foque a la vela y pasó la escota al lado contrario. Minutos después, había desatado la vela mayor a lo largo de la botavara. Mojado y helado, volvió a caer en la bañera y izó la mayor con rizos profundos y el foque. Tras meter la caña al lado opuesto, el Yankee Girl obedeció, giró y encaró la proa al viento, quedando capeado.
El efecto fue asombroso e inmediato. Parecía como si el océano se hubiera calmado de repente; el Yankee Girl avanzaba lentamente, luego se atravesaba, se detenía, retrocedía un poco y retomaba de nuevo su avance. En lugar de ser golpeado en su amplio y plano espejo de popa por las olas pesadas, su proa afilada las atravesaba y desviaba hacia los lados. Con las velas izadas, el barco tenía equilibrio y gobierno.
Gerry suspiró con satisfacción. Capear era una de las maniobras de mal tiempo en las que el Yankee Girl destacaba. No se comportaba bien fondeado a un ancla de mar, porque tendía a avanzar y pasarse, volviéndola inútil entre las olas. Pero con su casco en V y quilla larga, podía capear de forma muy estable, incluso en mares rotos, trabajando con las olas con facilidad, como un pequeño flotador de pesca. Tras una última mirada, cerró de golpe la escotilla y la aseguró. Había hecho todo lo posible por su pequeño barco. Ahora tendría que cuidarlo a él.

Al amanecer, percibió que algo había cambiado. El movimiento del Yankee Girl era distinto. Con los músculos doloridos tras la larga noche capeando y la piel irritada por la humedad de la litera, Gerry abrió la escotilla. Parpadeó bajo la luz de la mañana. El sol estaba alto, pero el Pacífico mostraba un mar ondulado hasta el horizonte. Las olas rompientes de la noche anterior habían desaparecido, pero las velas del Yankee Girl empezaban a flamear y a golpear.
Gerry se dio cuenta de que habían pasado de demasiado viento a no tener suficiente. Estaban en calma. Se rascó la espesa barba empapada de sal y miró por la popa: el motor seguía en su soporte. Había sido empapado repetidamente por las olas que pasaron sobre el barco. Debía de haber soportado miles de golpes; lo había oído estremecerse y golpear. Más de una vez durante la noche se preguntó si no habría sido arrancado.
Pero era un fuera borda de dos tiempos, y siempre había tenido buena suerte con ese tipo de motores, incluso en su tormentosa travesía del Atlántico Norte, donde su Evinrude de 4 CV había sido empapado repetidas veces. Detrás de él ahora había un motor nuevo de 4,5 CV. Estos motores siempre arrancan, pensó Gerry mientras tiraba suavemente del cabo de arranque para cebarlo. Luego dio otro tirón, fuerte. No pasó nada. Lo intentó una y otra vez, pero el motor no arrancaba. Giraba, pero no llegaba a encender. Empezó a sudar, y no solo por el esfuerzo.
¿Se habría roto algo en la tormenta? Sin motor estaría en serios problemas. Necesitaba el pequeño fuera borda para recuperar tiempo en las calmas y para entrar en los puertos. Era una parte crítica de su estrategia. Seguir tirando del arranque no serviría: era momento de probar otra táctica. Soltó el cabo, con el brazo ya empezando a dolerle. ¿Cuál era el problema? La primera sospecha llegó rápido: algo eléctrico, probablemente. En los barcos, esa siempre era una buena apuesta. Por curiosidad, levantó la palanca del acelerador y miró debajo. El motor tenía un botón de parada en el extremo de la palanca. Al presionarlo, el motor se detenía.
Vio cuál era el problema. De alguna manera, las olas habían provocado un cortocircuito en el interruptor de parada. Con unos alicates de punta fina de su kit de reparación, cortó los cables, con la esperanza de anular el fallo. Cruzó los dedos y tiró con fuerza del cabo de arranque. Con una bocanada de humo, el pequeño motor de dos tiempos arrancó y pronto se estabilizó en un ralentí áspero.
Puso rumbo a Hawái, navegando con el motor apenas girando, a un ralentí rápido, a una majestuosa velocidad de crucero de unas 2,2 nudos, que mantuvo casi sin interrupción, día y noche, durante los seis días siguientes. Para repostar, desenroscaba el tapón de su depósito principal de seis galones, vertía gasolina desde una de las muchas garrafas que llevaba en la sentina, volvía a cerrar y seguía navegando sin parar el motor. Sí lo apagó varias veces para cambiar la única bujía del motor, un seguro barato, pensaba.
Ese funcionamiento lento pero constante formaba parte de su estrategia de travesía. Requería paciencia, pero le daba un excelente rendimiento de combustible. A esa velocidad, el motor monocilíndrico de dos tiempos consumía solo una fracción de galón por hora. Eso significaba que un galón de mezcla de gasolina y aceite duraba más de siete horas. Un día de 24 horas consumía solo 3,5 galones. Llevaba a bordo 54 galones de mezcla, la mayoría en las sentinas, abajo, para servir de lastre.
A baja velocidad, la navegación a motor del Yankee Girl era fácil, pero ruidosa. Cuando gobernaba el barco, Gerry se sentaba en la litera de popa, con la cabeza cerca del espejo y del motor, o, cuando dormía en breves periodos, tenía la cabeza a apenas unos pies del motor. Descubrió que no podía escapar del ruido del fuera borda, algo especialmente molesto para un navegante a vela.
Empezó a notar otro problema. Dentro de la cabina, Gerry olfateó el aire y detectó un olor tenue pero inconfundible a humo de motor de dos tiempos. Se incorporó de inmediato. Si ese humo estaba entrando por la escotilla abierta, podía haber algo más: el asesino invisible, mortal e inodoro: el monóxido de carbono. Con una ligera brisa de popa, pero sin suficiente viento para impulsar las velas, no había forma de evitar que el monóxido de carbono, más pesado que el aire, se filtrara en su diminuta cabina y bajara a las sentinas. Intentó mantener la escotilla abierta solo uno o dos centímetros, lo que comprendió que era solo una solución parcial. También descubrió que no podía dormir bien ni durante mucho tiempo. El motor seguía ronroneando. Comenzó a añorar los vientos alisios.
No sintió el primer soplo suave, pero su motor aceleró desde su habitual ralentí rápido. Extraño, pensó Gerry, y miró hacia arriba para comprobar que sus velas comenzaban a hincharse. ¡Su barco volvía a ser un velero!. Era el comienzo de la tercera etapa de su viaje a Hawái, y la que más esperaba. Apagó el pequeño motor fueraborda ahogándolo y dejó que los vientos alisios lo llevaran a las islas. Navegar impulsado por los alisios era una sensación maravillosa y el Yankee Girl claramente estaba disfrutando, avanzando majestuosamente sobre un mar pacífico y ondulante. El Pacífico comenzaba a hacer honor a sus leyendas. Al cruzar el Atlántico Norte, había llegado a depender de sus dos foques gemelos para impulsarlo, pero ahora podía probar su spinnaker de 180 pies cuadrados, montado en dos tangones.
El gran paracaídas rojo se hinchó frente a él, y Yankee Girl aumentó la velocidad. Pero no era un viaje cómodo con toda esa vela izada. Yankee Girl parecía no manejarse ni gobernarse bien; se desviaba un poco y necesitaba correcciones de rumbo. Francamente, le preocupaba. Después de varias horas, Gerry lo arrió de nuevo y volvió a izar sus foques gemelos. En esta configuración, sus dos foques de 39 pies cuadrados cada uno estaban extendidos desde la proa para parecer dos triángulos de forma extraña. Al escotar cada foque por separado, podía controlar las velas perfectamente desde la seguridad de su cabina.
El Yankee Girl se gobernaba solo en los vientos alisios sin necesidad de sujertar la caña y con un control perfecto. Notó con satisfacción que su velocidad era solo dos décimas de nudo más lenta que con el spinnaker. Ahora en su elemento, el pequeño barco comenzó a devorar las millas. Con los foques gemelos tirando de ella como pequeños ponis, su recorrido diario aumentó. Algunos días, hacía 85 millas náuticas; otros días, 95. Gerry se relajó en la cabina abierta, disfrutando de su fino crucero de bolsillo en los vientos alisios y el sol brillante. Este era el Pacífico Sur que había esperado. Mientras escudriñaba el agua, vio que su color había cambiado a un azul índigo profundo. Se inclinó y tomó un puñado de agua solo para admirar su belleza.
Para su navegación, tenía dos sextantes de plástico Davis. Esto incluía un sextante que compró por $20 y que había usado para cruzar el Atlántico. Mayormente usaba el de $20 porque le gustaba mucho. De sus cálculos de navegación, sabía que se acercaba a las Islas Hawái, así que encendió su radio transistor y escuchó una transmisión de una estación hawaina. Tenía una radio de aeronaves a bordo, y podía oír a pilotos en algún lugar del cielo comunicándose con los controladores aéreos en preparación para el aterrizaje. Cuando un vuelo alto en el cielo pasó casi sobre su cabeza, Gerry lo llamó por su radio de aeronaves. Les dijo dónde estaba y les dio sus coordenadas GPS, pero después de varios intentos, los pilotos no pudieron distinguirlo en las olas abajo. Gerry observó sus estelas de condensación dibujando blanco contra el cielo azul. El jet aterrizaría en Honolulu en 40 minutos. Él estaría allí en unos cinco días.
A lo lejos, las islas de Hawái se elevaron para saludarlo, primero la Isla Grande, luego Maui y, finalmente, Molokai. Picos azules emergieron entre una ligera neblina, y pudo ver sus puntas verdes desde muy lejos. Era su primer avistamiento de tierra en casi 2.500 millas, y las islas estaban justo donde su sextante de plástico le había dicho que estarían. Agradecido, Gerry rodeó el borde norte de Molokai hacia una pequeña playa, con fondo de arena y buena protección de los vientos alisios.

Era tarde cuando dejó caer su pequeño ancla y comenzó a prepararse para su desembarco en Honolulu. No quería cruzar el Canal Kaiwi de noche camino a Oahu, y necesitaba hacer preparativos después de muchos días en el mar. Con el Yankee Girl balanceándose en las aguas azules, y las colinas verdes de Molokai cerca, Gerry disfrutó de las brisas hawaianas con la escotilla abierta. La tierra olía maravillosamente, pero había mucho por hacer. Desde la zona de proa, sacó algunos bidones de gasolina vacíos, que llenó con agua de mar para tener el trimado correcto. Dado que Yankee Girl no tenía lastre permanente, sino que dependía de las provisiones para el peso por debajo, mantener la carga adecuada en las sentinas era crítico. Revisó su tanque principal de gasolina y calculó que tendría suficiente para llegar a Honolulu. No necesitaba rellenarlo: navegaría con los hermosos vientos alisios y solo usaría el motor para maniobras.
Sacudió la cabeza: había mucho quehacer doméstico, pero eso tendría que esperar. Abajo en las sentinas, el agua salada había comenzado a oxidar algunas de sus latas de comida y suministros. El interior de su barco estaba húmedo, debido al agua que había entrado por los cierres de las escotillas. Ya había perdido su saco de dormir forrado de franela, que se había empapado. Intentó secarlo, pero en un barco pequeño no había espacio, y después de tres días, comenzó a oler mal, como zapatos de tenis viejos. Su única opción fue tirarlo por la borda. Para el calor, se acurrucó bajo varias mantas, porque la parte inicial del viaje tuvo temperaturas más bajas de lo esperado en la fría corriente de California, que se extiende un tercio del camino a Hawái. Pero ahora las brisas tropicales lo envolvían. Cenó de una lata —su favorito en el mar, estofado Dinty Moore— y se durmió, exhausto. Fue una buena noche de sueño, a la sombra de la gran isla, balanceándose suavemente en aguas azules protegidas. Mañana sería su regreso a casa.
La radio VHF dentro del bar con techo de paja en Honolulu había estado emitiendo transmisiones mientras escuchaba los mensajes de Gerry. El destino de Gerry era el Waikiki Yacht Club. Yo había volado con mi esposa, Loris, y mi hijo, Will, para saludarlo. Algunos miembros de los medios habían salido al canal en barcos alquilados para filmar la llegada triunfal del Yankee Girl y habían regresado, luciendo algo verdosos. – Dios, eso fue duro- , dijo uno de ellos. -¿Cómo habrá sido en ese barquito?.
Había sido un viaje salvaje, sin duda. El Canal Kaiwi se encuentra entre las islas de Molokai y Oahu y canaliza tanto los vientos alisios como las corrientes en olas rápidas y altas. Incluso muchos marineros locales no se aventuran en el áspero Canal Kaiwi. Pero fue un paseo en trineo para Gerry rumbo a pasar Diamond Head. Acelerando con solo un foque, se sentó en el lado de estribor de la cabina, afirmándose en las olas, y saludando a los miembros de la prensa. Estaba jubiloso. Él y su barco se dirigían a casa.
En el bar del Waikiki Yacht Club, seguí escuchando la voz de Gerry en la radio VHF. El Yankee Girl había llegado fuera de los rompeolas, y parecía impaciente por entrar. Sabía por qué. Estaba esperando que alguien lo guiara al puerto, y esa persona estaba sentada en una mesa frente a mí. -Necesito terminar esta mano- me dijeron. El capitán estaba jugando a las cartas. Como aprendería, estas eran las islas, y algunas cosas se hacían al ritmo isleño. Minutos después, el juego de cartas terminó, y nuestro capitán tragó lo último de su gin-tonic. -Vamos-, dijo con una sonrisa, y caminamos por el muelle del puerto de pequeños barcos Ali Wai hacia su trawler.
El diésel se encendió, y el trawler salió majestuosamente. No fue difícil averiguar dónde estaba el Yankee Girl: un pequeño escuadrón de barcos lo rodeaba. Gerry estaba de pie en la cabina, balanceándose de un lado a otro en su estela. Desde el puente del trawler, llamé a Gerry y luego saludé. Gerry pareció entrecerrar los ojos, pero no me reconoció. Intenté la radio, pero no obtuve respuesta. Grité: -¡Síguenos!. El Yankee Girl entró en marcha. Gerry comenzó a seguir al trawler hacia el puerto, escoltado por algunos de los barcos curiosos en una especie de desfile informal. A Gerry le habían dado el amarre de honor en el club: justo frente al restaurante al aire libre.
La noticia se había difundido por la isla, y la gente se había reunido para ver el notable barquito y a su constructor-capitán. Después de su largo viaje por mar, Gerry tuvo que ser ayudado a bajar del barco, y mientras caminaba, vi que era apoyado por ambos lados por su esposa, Sally, y su papá, Lou. -¡Marlin!-, dijo Gerry, después de mirarme fijamente. -¡Lo lograste! Miró alrededor: -¿Dónde está Will?- Siempre había sido cariñoso con mi hijo pequeño. -Está aquí-, dije, señalando.
Caminando en los pasos de Gerry estaba nuestro hijo de 11 años, con mucho cuidado manteniéndose fuera de su camino, pero nunca lejos tampoco. -¡Hey!-, dijo Gerry, encantado. En las horas siguientes, Gerry comenzó a recuperar sus piernas de tierra y me maravillé de lo bien que se veía: bronceado por el sol y saludable, con una barba oscura. A pesar de haber estado en su barco todo este tiempo, parecía haber logrado un pequeño milagro sartorial: aparecía elegantemente vestido con ropa limpia y planchada, como si acabara de salir de uno de los hermosos hoteles de Honolulu.
Una vez más, era el talento de Gerry para los detalles lo que estaba dando frutos: había empacado un recipiente de plástico con ropa limpia y fresca solo para esta ocasión, y se la había puesto esa mañana. Estaba impresionado. Era un detalle pequeño pero significativo, y solo uno en una cadena de eventos y detalles que había pensado cuidadosamente.
Todas sus preparaciones habían dado resultado en este viaje. Acababa de cruzar la etapa individual más grande de su travesía a través del océano más grande del mundo, y había establecido un récord al hacerlo en el barco más pequeño que jamás lo había logrado. Además, su pequeño barco se había comportado maravillosamente, tanto en tormentas como en vientos alisios. Había promediado 65 millas náuticas por día (74.75 millas terrestres), sobresaliente para cualquier barco, mucho menos uno de solo 10 pies de largo, y había alcanzado 95 millas náuticas (109.25) en su mejor recorrido diario. Había estimado que le tomaría 36 días hacer la travesía. Lo hizo en 34. Nada se había roto en la «niñita», como llegó a referirse a ella, y había hecho todo lo que le había pedido. El Yankee Girl había demostrado su valía una vez más. No había duda en la mente de Gerry de que fácilmente podría llevarlo el resto del camino a través del amplio Pacífico. (…)»
Marlin Bree

Para saber más:
Washington Post: https://www.washingtonpost.com(…)ex-teacher-in-10-footer-crosses-pacific-ocean/
Star Tribune: https://www.startribune.com/july-24-1979-across-the-atlantic-in-a-10-foot-sailboat/
Star Tribune: https://www.startribune.com(…)adventurer-gerry-spiess-dies-at-79
Sailing Breezes.com: http://www.sailingbreezes.com(…)yankeegirl.htm
Sailing Breezes.com: http://www.sailingbreezes.com/(…)yankeegirl1.htm

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