Steven Callahan: 76 días a la deriva en el Atlántico

Steven Calllahan

Por desbordante que fuera la imaginación de Steven Callahan, un niño californiano nacido un 6 de febrero de 1952, que a sus diez años ayudaba a sus hermanos a construir pequeñas balsas con tablones y alquitrán de techos para navegar en un estanque cercano a casa y que con doce años ya navegaba mar adentro hasta casi perder la costa de vista y soñaba con cruzar algún día el Atlántico en solitario, ni en sus sueños más descabellados se hubiera imaginado que dieciocho años después protagonizaría una de las aventuras de supervivencia más extremas conocidas. Cuatro años después de su milagroso rescate, en 1986, Callahan publicaria el exitoso libro «Adrift: seventy-six days lost at sea» (A la deriva: 76 días perdido en el mar). El libro pasó más de 36 semanas en la lista de los más vendidos del New York Times.

Tampoco se hubiera imaginado que su increíble historia se cruzaría más tarde con la adaptación al cine de una de las novelas más leídas de este siglo. Cuando Ang Lee y el guionista David Magee empezaron a explorar en 2009 la adaptación de «La vida de Pi» de Yann Martel, el sobrino de Magee les habló del libro de Callahan. Se reunieron con él en Maine, hablaron de la experiencia de supervivencia, y Ang Lee acabaría contratándolo como asesor de supervivencia y marina para el rodaje. Callahan pasó buena parte del tiempo en el centro de operaciones de la película, en Taichung, ayudando a que la vida en una balsa a la deriva resultara creíble en pantalla. En «La vida de Pi» un joven a la deriva comparte su bote con un tigre y termina contando dos versiones distintas de lo que vivió. Callahan no tuvo tigre que lo acompañase, pero sí un banco de dorados a los que llegó a tratar casi como compañía, y tiburones que merodeaban alrededor de su balsa y que lo aterraban cada noche. En ambos casos, el mar convierte lo que flota en una isla, y a quien va encima, en alguien que tiene que inventarse su propio sistema para seguir vivo.

Steven Callahan a una muy temprana edad aprendió de forma autodidacta los fundamentos del diseño naval y de la navegación astronómica. Antes de terminar el instituto ya había ayudado a construir un barco de 12 metros. A los 20 años empezó a diseñar y construir sus propias embarcaciones y más tarde se convirtió en arquitecto naval profesional, escribiendo también artículos para revistas náuticas como «Sailor» o «Cruising World». En 1980, con 28 años, Callahan atravesaba un mal momento personal. Se había divorciado y sentía que había fracasado tanto en su vida sentimental como en su carrera. Fue en ese contexto cuando decidió, por fin, cumplir su sueño infantil: cruzar el atlántico en solitario.

El «Napoleon Solo»

Callahan diseñó y construyó con sus propias manos el «Napoleon Solo», un balandro de construcción ligera (madera de cedro rojo moldeada en frío) de 6,5 metros de eslora, pensado originalmente para el Mini Transat 6.50, una regata en solitario a través del Atlántico que sale de Penzance, en Inglaterra. En enero de 1981 zarpó de Newport (Rhode Island) y llevó primero el barco en solitario hasta Bermudas; desde allí completó la travesía hasta Inglaterra acompañado de un amigo. Describió después aquella primera gran travesía como «una travesía exultante»

Esquema del «Napoleon Solo»
«El prototipo Solo 21-22 era un barquito magnífico, pero, a fin de cuentas, le fallé. Era un pequeño crucero de altas prestaciones y comportamiento noble en la mar: indulgente, bien equilibrado, increíblemente espacioso (para sus 21 pies de eslora), muy fácil de manejar y, al menos en aspectos cruciales, seguro. Me sirvió de hogar y de embarcación para travesías de larga distancia desde la primavera de 1981 hasta el mes de febrero siguiente; en conjunto, me ofreció más satisfacciones y rendimiento en navegación de crucero en relación con su coste que cualquier otro barco que hubiera navegado antes o después. Por desgracia, sin embargo, lo perdí en 1982. Diseñé el Solo en 1978 como el barco de crucero más compacto y práctico que pude imaginar. Buscaba una embarcación mínima capaz de cruzar un océano y de servir como hogar razonable durante un año o incluso más. Tenía que ser fácil de manejar y de comportamiento noble. Calculé que cualquier barco capaz de mantener una media superior a las 100 millas diarias ofrecería tiempos de travesía aceptables; pero, para que un barco tan pequeño lograra esto, debía tener un rendimiento superior al de cualquier embarcación tradicional o de desplazamiento pesado.(…)» Stephen Callahan.
Stephen Callahan a bordo de su barco «Napoleon Solo» zarpando de Penzance, en Cornualles
Stephen Callahan a bordo de su barco «Napoleon Solo» zarpando de Penzance, en Cornualles, Inglaterra, tras su travesía del Atlántico.

Con el «Napoleon Solo» ya puesto aprieba en el Atlántico, Callahan navegó desde Inglaterra y siguió la costa de España y Portugal. Tras una corta escala en Madeira continuó hasta las islas Canarias. El 29 de enero de 1982 zarpó de El Hierro rumbo a Antigua, en el Caribe, con la idea de completar su vuelta al Atlántico Norte.

El naufragio

La primera semana de la travesía de vuelta fue, en sus propias palabras, «una navegación suave de vientos alisios». Cuando empezó a levantarse un temporal no le dio demasiada importancia pues ya había comprobado durante todo un año las cualidades marineras del barco. Pero la noche del 4 de febrero de 1982, siete días después de salir de Canarias y a unas 800 millas al oeste del archipiélago, algo golpeó el casco del «Napoleon solo» en plena oscuridad. Aunque nunca supo con certeza qué fue lo que golpeó al barco, Callahan siempre sospechó que había sido una ballena que emergía a alimentarse de noche.

Steven Calllahan Napoelon Solo saliendo de Tenerife en 1981
Steven Calllahan a bordo de su «Napoleon Solo »saliendo de Tenerife en 1981

El golpe abrió una vía de agua que ni los compartimentos estancos que él mismo había diseñado pudieron contener del todo. Despertó con el agua entrando «como mangueras de bomberos». Antes del amanecer, el barco, ya anegado, se separó de la balsa salvavidas empujado por una gran ola y Callahan quedó a la deriva. Aun así, logró volver a sumergirse varias veces junto al casco medio hundido para rescatar un cojín, un saco de dormir y su bolsa de emergencia: comida, cartas de navegación, un arpón corto que había comprado casi por impulso en Canarias, bengalas, una linterna, tres destiladores solares y un ejemplar de «Sea Survival», el manual escrito por Dougal Robertson, otro célebre naúfrago. De este modo se encontró solo en una balsa Avon inflable para seis personas, de apenas dos metros de diámetro, con provisiones para ocho días. Nada le hacía imaginar que por delante le esperaban setenta y seis largos días de soledad, sed, hambre, miedo y supervivencia.

Steven Callahan demostrando como improvisó un sextante entrelazando tres lápices.
Steven Callahan demostrando como improvisó un sextante entrelazando tres lápices.

Setenta y seis días de hambre y miedo

La balsa viaja arrastrada hacia el oeste impulsada por la Corriente Ecuatorial Sur y los vientos alisios rumbo al Caribe, a unas 1.800 millas del lugar del naufragio. Callahan, consciente desde el primer momento de que no podía confiar en un rescate rápido, se impuso una férrea disciplina. Se ejercitaba, llevaba un diario, calculaba su posición con un sextante improvisado con lápices, reparaba constantemente el equipo y racionaba agua y comida.

El agua fue uno de sus mayores problemas. Sus destiladores solares, mal ajustados al principio, apenas producían algo más de medio litro al día entre los tres, y con el tiempo se fueron deteriorando; la deshidratación fue una amenaza constante.

La pesca se convirtió en su forma de vida. Con el arpón, que pronto perdió su punta original y tuvo que ingeniarselas para sustituirla por la hoja de un cuchillo de mantequilla, convirtiéndolo en poco más que una lanza rudimentaria, cazaba peces triguero y dorados. A su alrededor se formó literalmente un ecosistema flotante. Los percebes y las algas que pronto crecieron bajo la balsa atrajeron pequeños peces, los que a su vez atrajeron a un banco de unos cincuenta dorados de hasta nueve kilos que empezaron a acompañarlo día tras día, acercándose cada vez más hasta que podía arponearlos casi al alcance de la mano. Llegó a desarrollar una relación casi de compañía con ellos, aunque también lo golpeaban y embestían la balsa varias veces al día.

Los tiburones fueron una amenaza recurrente y aterradora. Sentáa como rozaban su áspera piel de lija contra el fondo de la balsa, la mordían y la embestían repetidamente, sin que pudiera hacer nada salvo esperar que la goma del bote aguantase las embestidas sin rasgarse.

Al cuadragésimo cuarto día de permanecer abandonado a su suerte, el 15 de marzo, empeoró su ya delicada situación cuando, forcejeando con un dorado que había arponeado, la punta del arpón perforó el tubo inferior de la balsa abriendo un agujero de unos diez centímetros. El aire escapó en segundos y la balsa se desinfló rápidamente. Pasó más de una semana bombeando aire y remendando el roto sin descanso. Llegó a necesitar 300 bombeadas diarias, para mantener la balsa a flote. Hacia el día 50 casi llegó a rendirse por completo. No flaqueó su voluntad y continuó con su rutina y si autoimpuesta disciplina. No se iba a rendir.

Durante la travesía divisó entre siete y nueve barcos, la mayoría atravesando las dos rutas de navegación comercial que llegó a cruzar. Ninguno lo vio, ni siquiera los que pasaron a poco más de un kilómetro y medio, ni sus bengalas fueron advertidas. Tampoco funcionó su radiobaliza de emergencia (EPIRB). Recordemos que en 1982 aún no existían satélites que monitorizasen esa señal en una zona tan aislada del océano, y se hallaba muy lejos del alcance de cualquier avión o helicóptero de rescate. Contra todo pronóstico,

En medio de tanta penuria física , perdió un tercio de su peso corporal y su piel se cubrió de llagas por la exposición constante a la sal, hubo también, en sus propias palabras, momentos de una belleza extraña. Describió el cielo nocturno en alta mar como «una vista del cielo desde un asiento en el infierno». Pensaba mucho en su divorcio, en sus fracasos pasados, y se prometió que si sobrevivía cambiaría su forma de vivir.

El rescate

El final de sus penalidades llegó de forma casual. La noche del 19 de abril de 1982 avistó luces en la isla de Marie-Galante, al sureste de Guadalupe. Al día siguiente, su día número 76 a la deriva, tres pescadores que no solían faenar en ese lado de la isla se acercaron atraídos por las aves que sobrevolaban el pequeño ecosistema formado bajo la balsa. Lo encontraron a él junto con los peces que buscaban. Fue trasladado a un hospital local donde permaneció un breve espacio de tiempo, según algunas versiones, se marchó esa misma tarde y pasó las semanas siguientes recuperándose en la isla y haciendo «barcostop» a lo largo de las Antillas Menores. Tardaría meses en recuperar su peso normal y la movilidad.

Steven Callahan - «A la deriva» - Libro
En 1986 Callahan publicó «Adrift: seventy-six days lost at sea» (A la deriva: setenta y seis días perdido en el mar), que permaneció durante 36 semanas en la lista de los más vendidos del New York Times.

Lo que mantuvo con vida a Callahan no sólo fue un golpe de suerte, sino su obsesión por mantener una estricta rutina. Llevar un diario, hacer ejercicio, calcular su posición empleando un sextante improvisado con lápices y hacer reparaciones constantes en los destiladores, el toldo, la balsa misma. Los destiladores le daban, de media, poco más de medio litro de agua al día entre los tres, y con el tiempo se fueron deteriorando. Cuando llovía recogía agua de lluvia, aunque el toldo degradado la ensuciaba, así que acabó bebiendo agua cada vez más sucia lo que le provocó al menos una intoxicación.

En 1986 publicó «Adrift: Seventy-six Days Lost at Sea» (A la deriva: setenta y seis días perdido en el mar), que permaneció 36 semanas en la lista de más vendidos del New York Times. Siguió navegando toda su vida, más de 80.000 millas en total, buena parte de ellas en solitario o con muy poca tripulación, y vivió a bordo durante cinco años. En 1983 conoció a Kathy Massimini, enfermera y editora, con quien formaría pareja y compañera de navegación de por vida. Dedicó casi dos décadas a diseñar una balsa salvavidas mejorada, con casco rígido, vela y toldo desmontable, inspirada directamente en lo que había echado en falta durante su deriva.

En 2012 le diagnosticaron una leucemia mieloide aguda, que superó tras un trasplante de células madre. Años antes le habían extirpado ya parte de ambos riñones. En 2024 se estrenó el documental «76 Days Adrift» coproducido por el propio Ang Lee.

En la actualidad Steven Callahan continúa trabajando como arquitecto naval, consultor marítimo, escritor y conferenciante desde su hogar en Maine. Aplica sus conocimientos especializados a equipos de supervivencia en alta mar, colabora en el diseño y las pruebas de equipos de seguridad y balsas salvavidas, y ofrece asesoramiento sobre navegación y marinería

¡Perdido en el mar!

Aquí, en sus propias palabras, la increíble historia d Steven Callahan, de Ellswort, Maine, el único hombre en la historia que ha sobrevivido solo durante más de un mes a la deriva sobre una balsa salvavidas.

Resiliencia - Perdido en el mar - Ilustración de Don Demers
¡Perdido en el mar! Aquí, en sus propias palabras, la increíble historia d Steven Callahan, de Ellswort, Maine, el único hombre en la historia que ha sobrevivido solo durante más de un mes a la deriva sobre una balsa salvavidas. (Ilustración de Don Demers. Publicada en el número de enero de 1982 de la revista «Yankee Magazine», Vol. 46, nº 1)

( Traducción del extracto del libro de Steven Calahn «Adrift: 76 days lost at sea» publicado en el número de enero de 1982 de la revista «Yankee Magazine», Vol. 46, nº 1, una revista regional de Nueva Inglaterra publicada por Yankee Publishing en Dublin, New Hampshire 1.)

Napoleon Solo: con destino a Antigua. Durante seis días la navegación fue perfecta. Pero el 4 de febrero se desató un temporal, dando comienzo a una de las mayores aventuras de la historia de la navegación. El siguiente relato está extraído del libro de Callahan «Adrift: 76 Days Lost at Sea», publicado por Houghton Mifflin.

Son aproximadamente las 22:30 (10:30 p. m.), hora del meridiano de Greenwich.

La luna llena cuelga en el cielo, blanca e inmóvil, ajena a la tempestad y al mar embravecido. Si las condiciones siguen empeorando, tendré que poner rumbo más hacia el sur. Por el momento no puedo hacer nada más, así que me tumbo a descansar. Sólo llevo una camiseta. Un reloj rodea mi muñeca y alrededor del cuello llevo un colgante de marfil de ballena sujeto con un cordón. Será todo lo que lleve puesto durante los próximos dos meses y medio.

– ¡BANG!- Una explosión repentina y ensordecedora ahoga los sonidos más sutiles de la madera desgarrándose y del estruendo del mar. Me pongo en pie de un salto. El agua cae sobre mí como si de repente me hubieran arrojado al cauce de un río desbocado. Palpo a tientas el cuchillo que llevo enfundado junto a la mesa de cartas. El agua ya me llega a la cintura. La proa del barco se hunde. «Solo» se detiene mientras inicia una espantosa zambullida.

Contengo la respiración, me sumerjo, busco a tientas y corto las cinchas que sujetan mi bolsa de emergencia. Mi corazón golpea como un martillo pilón. El esfuerzo me vacía los pulmones de aire y mi mente lucha contra mis extremidades por conseguir la oportunidad de respirar. Una oscuridad y un caos absolutos me rodean.

– ¡Sal, sal de ahí, se está hundiendo! – Salgo disparado hacia arriba, empujo la escotilla y lanzo mi cuerpo tembloroso sobre la cubierta, dejando atrás mi paquete de esperanza. Han transcurrido menos de 30 segundos desde el impacto.

La proa apunta hacia su tumba y el agua me cubre los tobillos. Corto las cinchas que sujetan el contenedor de la balsa salvavidas y recuerdo las instrucciones: hay que arrojar al agua las casi 100 libras de peso antes de inflarla.

¿Quién puede manejar semejante peso mientras se encuentra montado en una especie de carrusel desbocado?. ¡Tiro! Un primer tirón, después un segundo. Nada. ¡Nada! Le grito al contenedor:

—¡Vamos, cabrón!

Al tercer tirón, algo cede con fuerza y la balsa se infla con un sonoro silbido. Una ola barre toda la cubierta y simplemente dejo que la balsa se deslice al agua. Allí está, zarandeándose al extremo de su cabo de amarre. Me lanzo dentro con el cuchillo entre los dientes. Veo cómo mi barco desaparece bajo el agua. Las olas lo sepultan y pasan de largo.

Los blancos de la cubierta de «Solo» vuelven a emerger. No se está hundiendo… todavía. Espero a que se hunda antes de cortar el cabo. Aunque tengo agua envasada y algún otro equipo en la balsa, no sobreviviré mucho tiempo sin material adicional. Hay que esperar y recuperar todo lo que pueda. Me acerco al costado del barco, subo a bordo y, entre enormes crestas que me pasan por encima, me introduzco por la escotilla. El agua que hay debajo está tranquila. La escotilla se cierra violentamente a mi espalda. Busco a tientas la bolsa de emergencia y corto las cuerdas que la sujetan. Jadeo buscando aire.

La bolsa queda libre, pero parece pesar tanto como todos los pecados del mundo. Mientras lucho en la bajada de la escotilla, empujando y tirando del equipo, tengo que pelear también con la propia escotilla, que golpea contra mi espalda cada vez que pasa una ola. Izar la bolsa hasta la balsa requiere toda la fuerza que me queda. Cuando cae dentro de la balsa, vuelvo a entrar por la escotilla. Me sumerjo para recuperar mi cama. Enrollar el saco de dormir empapado es como intentar atrapar un puñado de serpientes. Poco a poco consigo empujarlo, tirar de él y hacerlo rodar hasta introducirlo en la balsa.

¡Dios mío! ¡«Solo» sigue flotando!. Recojo uno a uno los objetos que salen flotando de la cabina: una col y media, una lata de café y una caja que contiene unos cuantos huevos. He abandonado el barco con éxito. Con un nudo corredizo sujeto el cabo de Solo a la red de asideros que rodea el interior de la balsa. Mientras ato frenéticamente todo mi equipo a esa red, escucho un estruendo muy lejos, a barlovento.

Es una ola enorme para poder oírla desde tan lejos. Escucho su rugido. Crece como un crescendo, cada vez más fuerte, hasta que consume todo el aire que me rodea. El puño de Neptuno golpea y, con su impacto, la balsa sale disparada hasta detenerse bruscamente, crujiendo y tambaleándose.

Chirría, gime y, después, llega la calma. Abro rápidamente la abertura de inspección y saco la cabeza. El foque de «Solo» todavía restalla y su timón golpea, pero me estoy alejando a la deriva. Su sistema eléctrico se ha fundido y la luz estroboscópica situada en lo alto del mástil me lanza su último adiós.

Durante mucho tiempo observo los destellos, que cada vez son menos frecuentes, sabiendo que es lo último que veré de ella. Siento como si hubiera perdido a una amiga y una parte de mí mismo. Estoy a la deriva unas 450 millas al norte de las islas de Cabo Verde, pero estas quedan a barlovento. Solo puedo derivar en la dirección en la que sopla el viento.

A sotavento, las rutas marítimas más próximas están a 450 millas de distancia. Las islas del Caribe son la tierra más cercana a la que podría llegar: 1.800 millas náuticas. Incluso si las condiciones permanecen estables, podría tardar 90 días en alcanzar el Caribe.

Escribí a mis padres diciéndoles que quizá llegaría a Antigua tan tarde como el 10 de marzo, dentro de 34 días. Nadie me buscará antes de entonces, si es que llegan a buscarme. Sólo otro hombre en la historia ha sobrevivido solo y a la deriva durante más de un mes. Poon Lim vivió en una balsa durante unos increíbles 130 días después de que su barco fuera torpedeado durante la Segunda Guerra Mundial. ¡Ciento treinta días!

No pienses en ello. Veinte días… alguien me verá dentro de 20 días. Tengo esperanza mientras la balsa aguante. Mi balsa salvavidas es un modelo estándar Avon para seis personas, compuesto por dos cámaras interiores multisegmentadas, una encima de la otra. El diámetro interior es de unos cinco pies y seis pulgadas. Sobre la cámara superior se extiende una cámara semicircular que sostiene una capota semejante a una tienda de campaña. Una cuarta parte de la capota queda abierta para permitir la entrada.

Ahora estás solo muchacho
«Bueno, ahora estás solo, muchacho». Con el alivio se entreveran el miedo, el dolor, los remordimientos, la aprensión, la esperanza y el desamparo. Noto las emociones apiñadas en una bola enorme de confusión indiscernible, que me devora como un agujero negro devora la luz. Me sigue doliendo el cuerpo por el frío y ahora noto heridas y magulladuras en las que ni siquiera había reparado. Me siento tan vulnerable… No me queda ningún sistema de apoyo, no hay vía de escape ni más oportunidades. Siento como si, mental y físicamente, mis nervios hubieran perdido todas sus capas protectoras y hubieran quedado completamente expuestos, al aire.» ©Steven Callahan

El único lugar donde puedo sentarme con la cabeza completamente erguida está justo en el centro de la balsa. Puedo encajarme contra el perímetro exterior, de modo que mi cabeza empuje contra la capota, o agacharme para apoyarme transversalmente sobre el fondo.

El fino suelo de goma se ondula y se mueve como una cama de agua. De rodillas, me sujeto con una mano mientras con la otra utilizo la lata de café para achicar agua. Cada vez que termino, llega otra sacudida, otra inundación de mi cueva y todo el proceso comienza de nuevo. El trabajo me mantiene caliente, pero es agotador. No hay descanso. El movimiento continuo y el olor nauseabundo de goma, pegamento y talco de la balsa nueva me provocan náuseas, pero estoy demasiado exhausto incluso para vomitar. Durante tres días el temporal aúlla.

Las olas brillan bajo el sol y el viento arrastra barbas blancas de espuma por sus azules lomos. Durante el día, el sol aporta un pequeño foco de calor a mi mundo helado. Por la noche, el viento y el mar se levantan con una violencia aún mayor. Incluso en estas condiciones subtropicales, la temperatura del agua desciende por debajo de los 18 °C, por lo que corro el riesgo de morir de hipotermia antes del amanecer.

Desnudo y dolorido, envuelto en una manta espacial de aluminio húmeda y un saco de dormir empapado, tiemblo y solo consigo dormir a ratos, mientras todo mi mundo ruge y tiembla. Estoy continuamente empapado y mi piel se ha cubierto de cientos de forúnculos provocados por el agua salada. Se multiplican rápidamente bajo mi camiseta mojada. Mi zona lumbar, las nalgas y las rodillas están cubiertas de cortes y abrasiones. El dolor me despierta a menudo con una sensación abrasadora, como si me hubieran frotado sal en las heridas.

La mañana del 8 de febrero trae una ligera calma del temporal. Las olas siguen cayendo sobre nosotros, algunas todavía de 15 pies o más de altura, pero han perdido sus crestas curvadas y ya no golpean la balsa con tanta frecuencia. Marco mi bidón transparente de plástico de un litro haciendo pequeñas incisiones con el cuchillo y me raciono medio litro de agua al día. Tomar apenas un sorbo cada seis horas resulta difícil.

He decidido no beber agua de mar. El líquido salado puede proporcionar un alivio inmediato, pero su elevada concentración de sodio debe ser eliminada mediante la orina, lo que extrae aún más líquido de los tejidos del cuerpo y pronto deja un cadáver marchito. Tengo dos destiladores solares, globos inflables que supuestamente deben evaporar el agua de mar. En condiciones soleadas, tropicales y tranquilas deberían producir unos dos litros de agua dulce al día entre los dos. Inflo el primero y lo coloco en el agua tal como indican las instrucciones. Avanza aproximadamente a la misma velocidad que la balsa. A veces surfea sobre una ola hasta detenerse bruscamente al final de su cabo. Después de unos minutos se desinfla y se niega a permanecer inflado.

Mi ánimo se hunde. Pruebo el segundo destilador. Este permanece inflado. Después de una hora, la bolsa colectora contiene casi un cuarto de litro de agua. Levanto el recipiente y doy un sorbo. ¡Sal! Con los seis litros de agua que me quedan, tengo un máximo de 16 días de vida. Quizá pueda recoger agua de lluvia.

Una aleta corta de repente la superficie delante de la balsa. Salto hacia la abertura, agarrando a tientas uno de los remos para golpear al animal. Veo su estilizada silueta deslizándose bajo mí. Es pequeño, un proyectil oceánico de cuatro pies.

No es un tiburón. Es un dorado, un pez ampliamente conocido por su agilidad, fuerza, belleza y buen sabor. Rebusco rápidamente en la bolsa de emergencia y saco la pistola de pesca submarina y una flecha. Mi estómago ruge. Cuatro días de alimento por cada libra de peso. Tiemblo de emoción. Algunos peces pasan a unos seis pies de distancia, justo fuera de alcance. Pero, movidos por la curiosidad, de vez en cuando se acercan un poco más. La refracción de la superficie dificulta apuntar y la balsa, que no deja de dar bandazos, es una plataforma pésima para disparar. Mis pocos intentos fallan por mucho. El hambre sigue royéndome mientras se pone el sol.

El 10 de febrero, mi sexto día en la balsa, el viento sopla con fuerza y nos hace dar tumbos. Al menos avanzamos más hacia el oeste, directamente hacia las islas. Mi cuerpo se siente débil. El destilador solo produce agua cargada de sal y tengo que convencerme de no beber más de medio litro de mi reserva cada día. Los dorados son hermosos, pero se burlan de mí manteniéndose justo fuera de alcance gracias a sus rápidas maniobras evasivas.

Me inclino sobre las cámaras y miro profundamente en el mar. No hay peces, ni algas, solo azul vacío. De repente aparece una silueta a 40 yardas de distancia, deslizándose a una velocidad increíble directamente hacia la balsa. Un cuerpo beige de diez pies, con una inconfundible cabeza ancha de martillo, me dice todo lo que necesito saber. ¡Devorador de hombres.! Mi corazón late con fuerza durante el instante que tarda en llegar hasta nosotros.

Sujeto firmemente la pistola de pesca. Si disparo, perderé la flecha. El tiburón pasa justo por debajo de la superficie. Da la vuelta y regresa, ahora más rápido. Tengo la boca seca, me tiemblan los brazos y un sudor frío brota de mi piel. Se acerca a la balsa y después desaparece en el azul con la misma rapidez con que había llegado. La imagen quedará grabada para siempre.

16-17 de febrero: Durante dos días avanzamos lentamente bajo el sol abrasador: 14 o 15 millas cada 24 horas. Mido mi progreso arrugando pequeños trozos de papel y observando cuánto tardan en llegar hasta el extremo de la pértiga de hombre al agua que dejo arrastrando detrás de la balsa.

Está a 70 pies de distancia, 1/90 de milla náutica. El hambre me retuerce las entrañas. Me arde la boca. Pero he reparado el destilador solar y ahora produce 20 onzas de agua al día. Comienzo a reconstruir mis reservas mientras bebo medio litro completo por cada arco del sol.

La calma también favorece la visibilidad. Si pasa un barco, la capota naranja brillante será más fácil de detectar. En mis 13 días a la deriva solo he comido tres libras de comida. Mis movimientos son más lentos y agotadores. He perdido toda la grasa. Ahora mis músculos se alimentan de sí mismos. He fallado tantas veces mis objetivos que ahora tardo en apuntar. Apunto despreocupadamente la pistola hacia una forma que nada.

—¡Toma eso! ¡Pum!-

El pez queda aturdido en el agua. Yo también estoy aturdido. Lo izo a bordo. Espuma, agua y sangre brotan alrededor de su cola mientras se agita. Su cabeza, semejante a un garrote, se retuerce espasmódicamente. Toda mi fuerza se concentra en impedir que la punta de la lanza atraviese mi barco inflable mientras su pesado cuerpo se agita violentamente. Me lanzo sobre él y presiono su cabeza contra la plancha cuadrada de contrachapado de apenas un octavo de pulgada que utilizo como tabla de cortar.

Steven Callahan crea un dispositivo de recolección de agua
«Utilizando el tubo de aluminio que extraigo del reflector del radar y el plástico del segundo destilador solar, ya inutilizado, creo un elaborado dispositivo de recolección de agua. Se trata de una especie de boina que extiendo sobre la cubierta de la balsa y la cámara de arco. Doblo y ato el tubo de aluminio, de forma semicircular, a un eje que atraviesa la parte inferior. Todos los extremos están bien acolchados para evitar daños en la cubierta de la balsa o la cámara de arco. Esta estructura mantiene la boina recolectora extendida y orientada hacia el viento que empuja la lluvia. Amarro a la estructura el plástico del destilador, que actúa como una pequeña vela. Coloco un trozo de tubo en la parte inferior de la boina y lo conduzco al interior de la balsa para, cuando llueva, poder llenar todos los contenedores de los que dispongo. Aseguro la boina a la popa con una brida que la mantiene además en posición vertical, aunque puedo ajustar el ángulo para orientarla directamente al ángulo de la lluvia. La cubierta de captación de agua que instalé anteriormente está empezando a desgarrarse. He sacado la botella de aire comprimido, que está muy oxidada, y la he atado a la guirnalda exterior. Cada día oteo el horizonte durante horas, esperando divisar formaciones de nubes que revelen por fin la presencia de tierra firme.» ©Steven Callahan

Un gran ojo redondo me mira fijamente. Siento su dolor. El libro dice que hay que presionar los ojos para paralizar al pez. La furia de mi cautivo aumenta. Vacilante, introduzco el cuchillo en la órbita. Más furia. Está a punto de soltarse. ¡Cuidado con la punta de la lanza! No hay tiempo para compasión. Manoseo el cuchillo, se lo clavo en el costado, lo muevo hasta encontrar la columna vertebral y la parto. Su cuerpo tiembla. Su mirada se apaga con la muerte.

Me dejo caer hacia atrás y contemplo mi captura. Ya no es azul, como cuando estaba en el mar. Ahora el cuerpo de mi tesoro se ha vuelto plateado. Estoy sentado a mil millas de cualquier compañía humana, dinero o lujo y, sin embargo, siento una sensación de riqueza. Quince libras de pescado crudo cuelgan de unos tendederos que he improvisado en una mitad de la balsa.

El destilador solar empieza a brillar con la condensación: monedas arrojadas a este mendigo por el aristocrático sol. El hambre está satisfecha y mi sed es soportable. Puedo vivir al menos otros diez días, suficiente para cubrir las 220 millas que me separan de las rutas marítimas.

18 de febrero: Mis sueños vuelven a romperse por el aleteo de un dorado en el exterior. Agarro mi pistola y abro de golpe la solapa de la tienda. Mi ojo capta unas luces centelleantes en el oscuro horizonte. ¡Un barco! Parece navegar cruzando mi proa, quizá a cuatro millas de distancia.

Busco a tientas mis bengalas y la pistola, me pongo en pie, apunto el grueso tubo hacia el cielo y disparo. Un sol naranja aparece en el cielo, escupe humo e ilumina suavemente un pequeño paracaídas que desciende colgado hacia el mar. Las luces del barco parecen ahora estar más cerca. Grito y vocifero:

– ¡Me ha visto! –

Espero y después lanzo la segunda bengala. Mi ánimo arde bajo aquella luz. Me meto dentro y empiezo a lanzar el cuchillo, el agua y mis provisiones dentro de la bolsa. Qué alivio poder olvidarme de racionar el agua. Doy varios tragos generosos mientras miro hacia fuera. El barco se acerca ligeramente al sur de mi posición. Los portillos iluminados y el puente brillantemente iluminado desprenden una sensación de calor y compañía. ¡Salvado! Disparo una tercera bengala.

– ¡Estoy aquí arriba! —grito.

Con un mar tan plano, una visibilidad perfecta y el barco a una milla de distancia, el vigía no podría dejar de verme. La proa del barco continúa avanzando deliberadamente hacia el resplandor del amanecer. Su estela queda iluminada mientras se aleja bajo las luces de las cabinas. El rugido de los motores y una columna de humo quedan detrás.

Lanzo una bengala de mano, todavía convencido de que me han visto. Las estelas del barco hacen balancearse la balsa y yo las soporto de pie. Estoy seguro de que el barco virará y se aproximará desde barlovento. Hay un débil olor a gasóleo en el aire. Quizá tenga una última oportunidad. Disparo una cuarta bengala de paracaídas. Y entonces me derrumbo. No me han visto. Comienza a caer una ligera y fría lluvia mientras observo el horizonte hasta que solo queda visible una fina columna de humo. 2

3 de marzo: Amanece el día 27 desde que inicié mi viaje en lo que ahora he bautizado como «Rubber Ducky». Saco la cabeza de debajo de la capota, giro hacia popa y observo la salida del sol, anotando su posición. Recalculando mi posición con instrumentos rudimentarios, me sitúo a unas 1.000 millas de la isla más cercana, Guadalupe. Velocidad media: 25 millas por día. Tiempo total de navegación: 70 días. La fecha más temprana de llegada que había dado a mis padres y amigos para que me esperasen en Antigua era el 24 de febrero, siete días atrás. La fecha límite, el 10 de marzo, todavía está a siete días. Si entonces se inicia una búsqueda, seguiré estando fuera de alcance, demasiado lejos mar adentro.

Al menos mi pesca ha mejorado y, mientras preparo la cena, elijo una comida equilibrada: unos cuantos palitos secos y correosos, que considero salchichas; un apreciado filete graso de vientre; y un trozo de tocino de espinazo con sus finas tiras de carne marrón y crujiente. Rompo el espinazo y dejo caer sobre la tabla pequeños trozos gelatinosos de líquido que salen de entre las vértebras. Una especie de fideo recorre la columna y lo añado a la gelatina, haciendo una sopa de pollo. De la parte carnosa del dorso, por encima de la cavidad de los órganos, saco tiernos filetes. Los verdaderos manjares son los órganos, cuando los tengo. Morder el estómago y los intestinos es como masticar un neumático, así que no me molesto con ellos. Todo lo demás se consume con deleite, especialmente el hígado, las huevas, el corazón y los ojos. Los ojos son sorprendentes cápsulas esféricas de líquido, de una pulgada de diámetro. Sus finas membranas recuerdan bastante a las pelotas de ping-pong. Mis dientes las aplastan y hacen salir un chorro de líquido, una lente gelatinosa que se mastica y una córnea verde, fina como el papel. Guardo la mayor parte de mi ración de agua para el postre.

Ahora que he reconstruido mis reservas, puedo permitirme beber medio litro durante el día, tres cuartos de litro durante la cena y conservar todavía un par de onzas para la noche. Hago rodar lentamente una cucharada de agua por la boca hasta que se absorbe, en lugar de tragarla. Cuando regrese, ningún helado me resultará más placentero.

Ese maldito buitre de mar continúa rondándome, esperando, tomándose su tiempo.
«Ese maldito buitre de mar continúa rondándome, esperando, tomándose su tiempo.» ©Steven Callahan

La noche del 6 de marzo, vuelve a soplar con una fuerza infernal. El agua se filtra constantemente por la capota. Achico agua. Dos horas después, Ducky vuelve a quedar tumbada. Estoy sentado entre los restos que flotan alrededor, exhausto, dejándome vencer, incapaz ya de mantener la calma. Golpeo el agua con los puños y grito:

—¡Maldito océano, hijo de puta! ¿Por qué yo? ¿Por qué tiene que pasarme a mí? Solo quiero volver a casa, eso es todo. ¿Por qué no puedo simplemente volver a casa?

Lo que no sé es que ese mismo día, quizá en ese mismo momento, mi padre está llamando a la Guardia Costera de Estados Unidos para informar de que Napoleon Solo lleva retraso. Algún tiempo antes, mi madre había tenido una pesadilla. Me había visto arañando unas aguas negras, luchando por alcanzar la superficie. Se despertó sobresaltada, sudando y temblando, y desde entonces había permanecido tensa, esperando noticias mías.

Después de unos minutos, el fuego que llevo dentro se apaga. Me pongo de nuevo con el interminable y pesado trabajo de achicar agua y escurrir las cosas. Quizá cuando vuelva haga un picnic con amigos y vecinos, una barbacoa y montañas de helado. La gente me preguntará cómo fue. Les diré que lo odié. Todo.

14 de marzo: He conseguido sobrevivir 40 días. Resulta un poco inquietante darse cuenta de que «Ducky» está garantizada para 40 días de uso. Si ahora me falla, ¿crees que podré recuperar mi dinero? He durado más de lo que jamás habría imaginado al principio. Estoy a más de la mitad del camino hacia el Caribe. Cada día, cada dificultad, cada instante de sufrimiento me ha acercado un poco más a la salvación. La probabilidad de ser rescatado, al igual que la de fracasar, aumenta continuamente. Siento que hay dos jugadores de póquer echando fichas en un montón. Un jugador es el rescate y el otro la muerte. Pronto uno de los dos ganará.

19 de marzo: Aparece una cabeza justo debajo de la punta de mi lanza. Empujo hacia abajo y atravieso limpiamente el cuerpo, que inmediatamente se convierte en un monstruo que da volteretas. La punta de plástico de la pistola explota, las ataduras se desprenden, el extremo metálico de la flecha se parte limpiamente y la flecha sale disparada hacia delante con un chapoteo. Un sonido horrible, como el de una enorme cremallera rígida desgarrándose, llega hasta mis oídos.

El dorado ha clavado la punta afilada en la cámara inferior de la balsa. Hay un agujero abierto de unos diez centímetros de largo. Intento juntar sus bordes, pero «Ducky» continúa hundiéndose. Finalmente, la cámara inferior queda completamente plana. «Rubber Ducky» queda apoyada sobre su cámara superior. Ahora solo quedan tres pulgadas de francobordo.

Las olas entran por encima. Si no consigo reparar el daño, no duraré mucho. Será imposible mantenerme seco. Mis piernas quedarán dentro del mar y los tiburones que pasen podrán atraparlas. No podré secar el pescado. Encuentro mis herramientas de mano y me pongo a trabajar tan rápido como puedo. Durante cinco horas intento sellar la abertura. Es imposible.

Steven Callahan dibujo de su bote salvavidas
«Dos vistas del «Rubber Ducky III: En la vista de perfil aparezco agarrando la bomba de aire, que está conectada a una de las válvulas. El Rubber Ducky III cuenta con una cámara superior, otra inferior y una tercera en forma de arco. En estas ilustraciones, el viento sopla desde la izquierda y empuja al Ducky hacia la derecha. (A) Cámara de arco: soporta la cubierta; (B) destilador solar: asegurado en su sitio. El tubo de drenaje y la bolsa de recolección de agua destilada cuelgan por debajo de la balsa; (C) guirnalda exterior, que rodea la balsa por fuera; (D) faldón antiolas, protege la abertura de entrada de las olas pequeñas: es un buen lugar en el que dejar el arpón, (E) macuto de emergencias, rescatado del Solo, contiene el grueso de mi material; (F) cojín, impermeable, de cinco centímetros de grueso, hecho de gomaespuma de celda cerrada, que no absorbe agua. Ayuda a amortiguar embestidas de tiburones y otros peces que pasan por debajo de la balsa; (G) guirnalda interior, permite anclar todo el equipo. En ella aseguro los peces recién capturados. En la vista superior, la flecha señala hacia la cantimplora, el cuchillo de caza y trozos de cabo que puedo utilizar en cualquier momento; (H) equipo de la balsa: contiene cosas básicas, como la bomba de aire para reinflar, y está contenido en una bolsa asegurada a un punto de anclaje en el suelo, (I) cabo de tender, para secar el pescado en lo que yo llamo la «pescadería». Pende entre uno de los puntos de anclaje de la guirnalda interior y la cámara de arco que sostiene la cubierta; (J) abertura de entrada (mostrada por la línea atenuada): en el cuarto anterior derecho de la balsa, lejos del alcance de las olas y del viento; (K) trozo de lona, procedente de una de las velas del Solo, plegada y atada. Me ayuda a amortiguar los cabezazos de los peces y a proteger la balsa de posibles cortes que pudiera provocar la punta del arpón cuando pesco; (L) fiambrera, encajada entre las cinchas del destilador solar para recoger agua de lluvia. Más adelante, la coloqué sobre la parte superior de la cubierta, por fuera, con su propia brida, y después en el interior, al pie del ojo de buey, por el que se filtra el agua; (M) radiobaliza de emergencia (EPIRB por sus siglas en inglés), envía una señal en dos frecuencias que suelen ser monitorizadas por vuelos comerciales; (N) ojo de buey, por el que entra bastante agua y debe estar cerrado, pues está en el lado de barlovento. Más adelante, invento un drenaje con un trozo de plástico que conduce el agua hasta la fiambrera; (O) cabo de la pértiga de rescate: la pértiga, que vamos arrastrando por popa, me ayuda a calcular la velocidad. Además, ayuda al alineamiento de la balsa, dificulta el vuelco y hará más fácil que me avisten. En el cabo crecen percebes, de los que nos alimentamos tanto yo como los peces ballesta; (P) botella de aire comprimido con el que se infló por primera vez el Rubber Ducky, su precaria ubicación siempre me preocupa; (Q) lastres, cuatro bolsas que se llenan de agua de mar para evitar el vuelco; (R) suelo hundido, dondequiera que haya un peso que empuje hacia abajo; cuando no lo hay, la presión del agua hace que el suelo de la balsa sea ligeramente convexo. Los bultos que sobresalen por debajo siempre llaman la atención de los peces, como el caso del dorado de la ilustración, que parece interesarse por mi pie izquierdo.» ©Steven Callahan

Por la noche cojo mi linterna y la ato a la parte superior de mi cabeza como un casco de minero para poder seguir trabajando. El haz de luz ilumina el agua tranquila. De repente queda eclipsado por una enorme silueta gris que pasa a apenas unos centímetros de mis manos, que retiro bruscamente del agua. El tiburón mide unos diez pies. Da lentamente vueltas alrededor de la balsa, asoma durante un instante por la superficie y vuelve a sumergirse.

Durante algún tiempo no lo veo. Vuelvo a inclinarme para continuar trabajando. Sigue sin servir de nada. El parche pierde aire casi tan rápido como consigo inflarlo. Me quedo dormido dando vueltas dentro de mi empapado barco. Me despierto al amanecer, preparado para intentarlo de nuevo. Por fin, «Ducky» sólo necesita 40 bombeos cada dos horas, pero escucho un silbido constante.

Es 22 de marzo, mi día 46. La Guardia Costera de Nueva York cancela la emisión anunciando que «Napoleon Solo» está desaparecido. Notifican a Lloyd’s de Londres, a las autoridades de las islas Canarias y a las estaciones de la Guardia Costera de Miami y Puerto Rico que «la búsqueda activa ha sido suspendida».

28 de marzo: ¡Me siento estupendamente! Por fin he conseguido reparar la cámara inferior. La noche en que perdí Solo y de nuevo la noche pasada, parecía que no había escapatoria de la muerte. La primera vez, pasó más de una semana antes de que viera alguna posibilidad de salir de aquel infierno.

Esta vez es mucho peor. Siento como si hubiera estado dos veces en el infierno y hubiera regresado. No sobreviviré a otra. Estoy cerca. Puedo sentirlo. Durante días el Atlántico ha estado desierto, pero ahora veo una enorme masa de algas sargazo flotando sobre las olas. Cuando se acerca, nado hasta ella y la subo a «Ducky». Hay cosas que se arrastran entre las algas y líneas de pesca enredadas.

Otro montón aparece flotando delante. Cojo el segundo, luego un tercero y después un cuarto. El océano está cubierto de algas. Recojo alimentos entre la vegetación: pequeños camarones, peces, babosas y cangrejos que hacen chasquear sus pinzas. Avanzamos a la deriva a través de una franja de algas acumuladas como hojas de otoño.

El sargazo está entrelazado con basura: botellas viejas, cestas, grumos de petróleo, frascos, redes de pesca apelmazadas, cabos, cajas, boyas, espuma de plástico y telas descoloridas. La autopista de basura se extiende de sur a norte hasta donde alcanza la vista.

Durante horas avanzamos a través de ella. Tiene millas de anchura. Cae la noche mientras «Ducky» y yo seguimos a la deriva entre la contaminación. Por la mañana, el agua adquiere un tono azul más claro y está cristalina. Estoy convencido de haber alcanzado las aguas menos profundas de la plataforma continental.

20 de abril: Los cielos vespertinos de mi día 75 están cubiertos de nubes que migran hacia el oeste. Cae una llovizna, apenas algo más que niebla, pero cualquier cantidad de humedad sin sal hace que me ponga inmediatamente en acción. Durante dos horas balanceo mis cubos de plástico en el aire y recojo un litro y medio. Después intento dormir.

Me levanto para mirar las negras aguas, que de vez en cuando lanzan destellos blancos de fosforescencia cuando rompe una ola o pasa un pez. Una suave luz aparece justo al sur, delante de mí. Y allí, justo al norte, hay otra.

¿Una flota pesquera? No se mueven. Dios mío, ¡no son barcos! Es el halo nocturno de tierra firme. De pie, capto un destello de luz a un lado. El haz de un faro, justo por encima del horizonte, barre una amplia franja luminosa como un garrote que marca un ritmo: destello, pausa, destello-destello. ¡Es tierra!.

—¡Tierra! —grito.

¡Esto merece una celebración! ¡Que aparezcan las bebidas! De grandes y saludables tragos, bebo dos pintas. Camino tambaleándome y bailo, sintiéndome tan mareado como si fuera alcohol puro.

Llega el amanecer del día 76. No puedo creer el rico panorama que aparece ante mis ojos. Está lleno de verde. Después de meses en los que apenas he visto otra cosa que cielo azul, peces azules y mar azul, ese brillante y exuberante verde resulta abrumador. Al sur, una isla montañosa, exuberante como el Edén, emerge del mar.

Stephen Callahan - el momento del rescate-coloreada
«Desde la isla, a un par de cientos de metros de distancia, aparece una proa blanca y afilada que se eleva contra una ola y después cae con un chapoteo. La embarcación sube y baja, acercándose cada vez más. Es pequeña, quizá de 20 pies, construida con madera toscamente trabajada y pintada de blanco, con una franja verde alrededor de la regala. Tres rostros oscuros, incrédulos, me miran. Les saludo con la mano y grito: – ¡Hola!- Ellos me devuelven el saludo. ¡Estoy salvado! Los tres tienen aproximadamente mi edad y parecen desconcertados mientras hablan entre ellos a gritos en una lengua extraña. Han pasado casi tres meses desde la última vez que escuché una voz humana. En pocos minutos descubro que uno de ellos habla inglés con ritmo de calipso y un fuerte acento. – ¿Qué haces, hombre? ¿Qué quieres? – Llevo 76 días en el mar.(…)» Ilustración original ©Steven Callahan

Al norte hay otra. Justo delante tengo una isla de cima plana. La mitad norte está formada por acantilados verticales contra los que rompe el Atlántico. Al sur, la tierra desciende hasta una larga playa sobre la que se alzan algunos edificios blancos. Aunque estoy cerca, todavía no estoy a salvo. El desembarco será necesariamente peligroso.

Si alcanzo la costa norte, corro el riesgo de estrellarme contra los acantilados. Por el sur tendré que atravesar amplios arrecifes de coral antes de alcanzar la playa. Incluso si llego hasta allí, dudo que pueda caminar, o siquiera arrastrarme, para pedir ayuda. De un modo u otro, este viaje terminará hoy. Oigo algo nuevo. El sonido aumenta. ¡Un motor! Me pongo en pie de un salto.

Desde la isla, a un par de cientos de metros de distancia, aparece una proa blanca y afilada que se eleva contra una ola y después cae con un chapoteo. La embarcación sube y baja, acercándose cada vez más. Es pequeña, quizá de 20 pies, construida con madera toscamente trabajada y pintada de blanco, con una franja verde alrededor de la regala. Tres rostros oscuros, incrédulos, me miran. Les saludo con la mano y grito:

—¡Hola!

Ellos me devuelven el saludo. ¡Estoy salvado! Los tres tienen aproximadamente mi edad y parecen desconcertados mientras hablan entre ellos a gritos en una lengua extraña. Han pasado casi tres meses desde la última vez que escuché una voz humana. En pocos minutos descubro que uno de ellos habla inglés con ritmo de calipso y un fuerte acento.

– ¿Qué haces, hombre? ¿Qué quieres?

– Llevo 76 días en el mar.

Se miran entre ellos. Quizá piensan que me embarqué en «Rubber Ducky» como parte de alguna especie de desafío.

—¿Tenéis fruta? —pregunto.

—No, no llevamos nada de eso —responde uno.

Como confundido y sin saber qué debería hacer, ofrece en cambio:

—¿Quieres ir ahora a la isla?

Sí, por supuesto que quiero, pienso, pero no digo nada inmediatamente. El presente, el pasado y el futuro parecen encajar juntos de una manera inexplicable. Sé que mi lucha ha terminado. Nunca me había sentido tan humilde ni tan en paz, libre y tranquilo. Su embarcación se acerca y después se aleja. Unas diminutas letras en la aleta de popa forman su nombre: «Clemence».

Esquema del recorrido de Steve Callahan a través del Atlántico
El boceto de Steve que muestra su travesía a la deriva por el Atlántico. ©Steven Callahan

Los pescadores llevaron a Callahan a la isla de Marie-Galante, cerca de Guadalupe, donde recibió comida y atención médica. Había perdido 44 libras, aproximadamente un tercio de su peso corporal, pero se encontraba sorprendentemente bien teniendo en cuenta la experiencia que había sufrido. Regresó a Maine, donde todavía vive y trabaja, diseñando barcos, llevándolos ocasionalmente a través del océano, dando conferencias sobre supervivencia en el mar y escribiendo para publicaciones náuticas.


Notas:

  1. La revista «Yankee» empezó a publicarse en septiembre de 1935, fundada por Robb y Beatrix “Trix” Sagendorph. El primer ejemplar fue el volumen 1, número 1. Hubo una interrupción en su publicación durante la Segunda Guerra Mundial: la escasez de papel obligó a reducir el formato y la revista dejó de publicarse en 1942. Posteriormente reanudó su publicación.
    Yankee Publishing, Inc. En 2010 se habían publicado 839 números desde su fundación. «Yankee» sigue siendo una revista activa, aunque actualmente se publica con periodicidad bimestral. La editorial continúa teniendo su sede en Dublin, New Hampshire, Nueva Inglaterra en el mismo entorno donde nació. ↩︎
  2. Nota del editor: Callahan vio y realizó señales a un total de ocho barcos, ninguno de los cuales lo vio.) ↩︎

Para saber más:

Steven Callahan: https://www.stevencallahan.net/
Wave Train: 76 days adrift. A new documentary film
48north.com: Steve Callahan: primera parte de la entrevista con el autor de «A la deriva»
48north.com: Steve Callahan: segunda parte de la entrevista con el autor de «A la deriva»
NHPR.org: Adrift: sailing, survival & the human spirit
76days adrift: https://76daysadrift.com/


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