Imaginémonos una escena que perfectamente podría haber sido narrada tal que así en alguna novela de aventuras de las que los que ya tenemos cierta edad deborábamos durante las tarde de verano en las que hasta los grillos dormían la siesta. Seguramente no tendríamos la paciencia de buscar dónde están las islas Marshall en un Atlas, incluso no tendríamos a mano uno, y tampoco importaría demasiado, pues ubicaríamos la acción en alguna parte exótica de una maravillosa isla en algún lugar del Pacífico sur. Daríamos por hecho que un maneaba es una cabaña especialmente, un lugar de reunión, y más tarde, al hacernos mayores, aprenderíamos que en las Islas Marshall, no existe el maneaba, sino que es la casa de reuniones o centro comunitario tradicional de Kiribati, un país vecino en el océano Pacífico.
Pero tampoco le daríamos demasiada importancia a ese detalle. Asumiríamos que se trata de una licencia argumental. El océano es inmenso y un pequeño error de precisión no iba a cambiar el interés de la narración. Pero lo que nos iba a dejar dudando de la veracidad de la historia no iban a ser los detalles acerca de los tipos de cabaña, la exactitud de los nombres, el ritual de la reunión o la descripción ambiental, sino el objeto que el jefe Anebok ponía frente a nuestro protagonista para que tras verlo pudiera refrescar su memoria. No puede ser verdad. ¿en serio? ¿Una carta náuticas que no es ni un mapa ni una carta con puntos cardinales?. ¡Venga YA!
« La luna creciente titilaba sobre las serenas aguas de la laguna de coral mientras las olas del Pacífico susurraban suavemente al romperse contra la orilla de blanca arena de aquella remota isla. Bajo el techo del gran maneaba, la casa comunal del poblado, el jefe Anebok permanecía sentado inmóvil sobre una estera tejida con hojas de pandanus. Los ancianos guardaban silencio. Frente a él, de pie y con firme mirada, esperaba recibir instrucciones Ngau, el más valiente de sus guerreros, el elegido para aquella trascendental misión. Era aquel un momento tenso y solemne.
Entre ambos reposaba un objeto extraordinario, un secreto reservado tan sólo a los más intrépidos guerreros y a un reducido grupo de sabios: realizado con finas varillas de palma unidas por fibras de coco, curvadas y entrecruzadas, aquellas varillas representaban los caminos invisibles del océano, las corrientes, los vientos y el encuentro de las olas entre las islas lejanas.

El jefe inclinando su cabeza sobre el objeto, lo tomó entres sus manos y con gran ceremoniosidad y lo colocó en las manos de Ngau. — Escucha bien, hijo de las mareas —dijo con voz grave—. Mi hija Bngak ha sido llevada por la tribu de Ralik. La mantienen cautiva en una isla remota más allá de los atolones del norte. Ninguno de mis hombres conoce el camino excepto tú. — La traeré de vuelta, jefe – replicó Ngau inclinando la cabeza. – Anebok señaló una de las curvas de varillas.
— Cuando abandones nuestra laguna, sigue el sendero de las olas largas que llegan desde el donde nace el sol. Navega durante dos amaneceres hasta que veas las aves fragata revoloteando en círculos sobre el mar. Allí encontrarás el arrecife roto. – Su dedo avanzó hacia otra parte de aquel extraño objeto que indicaba las corrientes, las olas y las islas.
— Después, busca la corriente que corre como una serpiente entre las aguas profundas. Síguela. No confíes en las estrellas bajas del horizonte, pues en esta estación los espíritus de las tormentas las ocultan tras las nubes.. – El jefe hizo una pausa y entrecerrando los ojos, su mirada se tornó oscura:
— La isla de Ralik está protegida por guerreros feroces. ¡No busques la gloria en el combate!. Tu única misión es traer a Bngak de regreso. Si debes luchar, hazlo sólo si no tienes otra escapatoria.. Si debes esconderte, escóndete. Pero vuelve con ella.. – Ngau observó atentamente el mapa. Para cualquier extranjero no habría sido más que una maraña de palos y conchas. Para él era un libro abierto donde el océano hablaba.
— Reconozco estas corrientes —respondió—. El mar me mostrará el camino.. – Anebok se incorporó lentamente y colocó ambas manos sobre los hombros del guerrero. — Entonces ve. Que los vientos alisios llenen tu vela, que las olas te sostengan y que los espíritus de nuestros antepasados guíen tu canoa.
Fuera, la noche envolvía el atolón. Ngau caminó hacia la playa donde lo esperaba su esbelta proa. Había memorizado el extraño esquema . Sobre él brillaban las estrellas que los navegantes de las Marshall habían seguido durante siglos. Decidido, no volvió la vista atrás. Sin más, empujó la embarcación hacia las oscuras y misteriosas aguas del inmenso océano.»
Posiblemente en alguna visita que hayas podido hacer al Museo Británico en Londres, al Smithsonian en Washington o al Musée du quai Branly de París, hayas pasado de largo sin prestar mucha atención a algunas de las vitrinas que contienen unos objetos casi sin importancia que pudieran desconcertar a quien lo ve por primera vez. Parecen trabajos escolares infantiles, esculturas abstractas, incluso podrían pasar por ser una broma que un visitante haya logrado instalar en cualquiera de esos museos. Pero la realidad es mucho más interesante. Esos objetos consistentes en tramas de varillas de madera curvas y rectas, atadas entre si con fibra de coco, con unas pocas conchas de cauri enganchadas en determinados puntos estratégicos y que parecen carecer de sentido, ausentes de escalas. sin indicar el norte, el sur el este o el oeste, el norte, carecen por completo de referencias a meridianos ni paralelos y desde luego, no parecen una carta náutica. Y sin embargo, a pesar de carecer de cualquier rasgo que pueda identificarla con un mapa, es posible que nos hallemos ante la más extraña forma de cartografía conocida que jamás haya producido el ser humano.

Se trata de las cartas de palos de las Islas Marshall, un archipiélago de atolones y arrecifes coralinos desperdigados en el Pacífico central, que se extiende en el vasto océano entre Hawái y Australia. Los habitantes de estas islas usaron estas extrañas gúias durante miles de años para navegar entre islas que, a menudo, no se ven desde a bordo de sus botes hasta hallarse a pocas millas de ellas. Aquellos hombres primitivos elaboraron un sistema cartográfico que no representa a la tierra, ni indica distancias, sino que se su ingenioso diseño se basa en algo mucho más difícil de reflejar: el comportamiento del océano.
La cartografía es poder
La cartografía ha sido, desde la Antigüedad, una de las herramientas más valiosas para el desarrollo de cualquier civilización. Representar el territorio con precisión no solo permite saber dónde se encuentra cada lugar, sino también comprender cómo se relacionan entre sí los espacios, los recursos y las personas. En otras palabras, un mapa no es simplemente una imagen del mundo: es una poderosa herramienta de conocimiento y de poder.
Una sociedad que domina la cartografía puede identificar y aprovechar mejor sus recursos naturales, planificar asentamientos, organizar la agricultura y diseñar rutas comerciales eficientes. También está mejor preparada para afrontar riesgos, como inundaciones, sequías o conflictos, ya que conoce el terreno y puede anticiparse a los problemas. Los mapas también ayudan a visualizar la distribución de la población, establecer fronteras, administrar territorios y reforzar la identidad colectiva. Al ofrecer una representación compartida del espacio, facilitan la organización política, económica y social de una comunidad.
A lo largo de la historia, las sociedades que desarrollaron avanzados conocimientos cartográficos obtuvieron una clara ventaja estratégica. Los grandes imperios marítimos europeos utilizaron los mapas para explorar nuevos territorios, abrir rutas comerciales y expandir sus dominios. Del mismo modo, los pueblos navegantes del Pacífico, aunque no empleaban mapas sobre papel, desarrollaron sofisticados sistemas mentales y materiales de representación del océano que les permitieron recorrer con seguridad miles de kilómetros entre atolones prácticamente invisibles en el horizonte.
Un archipiélago en el que es obligado saber navegar en serio
No se pueden entender estas cartas sin entender primero el lugar. Las Islas Marshall consisten en 29 atolones y 5 islas volcánicas repartidas a lo largo de casi 1.000 kilómetros de océano. Apenas significan 181 km² de tierra emergida en aquella vasta extensión de mar. La elevación máxima no llega a los diez metros. Desde un catamarán a nivel del mar, muchas de estas islas son invisibles a más de 5-6 millas náuticas.

Durante milenios, sus habitantes, quienes probablemente llegaron desde Vanuatu hace unos 4.000 año, necesitaron moverse entre atolones para comerciar, pescar, establecer alianzas y sobrevivir. Sin brújula, sin GPS, sin sextante y sin posibilidad de ver tierra en la mayor parte de la travesía. ¿Cómo orientarse en medio del Pacífico cuando no hay referencia visible? La respuesta de aquellos ingeniosos hombres a semejante desafío fue aprender a leer el océano mismo.
El idioma de las olas
Los navegantes de las Islas Marshall a través de la observación, la experiencia y no sabemos con qué coste de vidas humanas, descubrieron algo que la oceanografía moderna ha confirmado con instrumentos de precisión: las islas y los atolones no solo son obstáculos físicos para las olas, sino que las deforman de maneras predecibles y detectables a decenas de millas de distancia. Cuando una ola oceánica de fondo —esas largas ondulaciones generadas por tormentas lejanas que viajan miles de kilómetros— se acerca a una isla, se dan tres fenómenos perfectamente estudiados

En primer lugar se produce un fenómeno de refracción: la ola se dobla al encontrar el talud submarino, como la luz al pasar por un prisma. Rodea la isla y puede seguir viajando en una dirección diferente al otro lado.

Seguidamente llega la reflexión, donde parte de la energía de la ola rebota contra la orilla y vuelve hacia el mar abierto, creando una «contra-ola» que interfiere con las olas que llegan y por último, en tercer lugar, se produce una fenómeno llamado difracción. Entre dos islas cercanas, las olas que pasan por el hueco se expanden en abanico, creando patrones de interferencia característicos.

El resultado es una especie de firma de la ola alrededor de cada isla y cada grupo de atolones. Una zona de aguas levemente confusas, de ritmo roto, diferente al oleaje regular del océano abierto. Un navegante entrenado puede detectar ese patrón —a 20 o 30 millas náuticas de la isla— incluso sin verla. No con la vista, sino con el cuerpo. Según las fuentes históricas, los navegantes marshalleses se tumbaban en el fondo de la canoa, o apoyaban el vientre contra el casco, para sentir con el cuerpo las vibraciones y el movimiento del oleaje. Era, en el sentido más literal, navegación propioceptiva: el cuerpo como instrumento de medición.
Los marshalleses distinguían cuatro tipos principales de oleaje oceánico, cada uno con nombre propio:
- Rilib: la marejada del noreste, la más dominante, generada por los alisios.
- Kaelib: la marejada del suroeste.
- Bundockerik: marejada de componente sur.
- Bundockeing: la más débil, perceptible principalmente en las islas del norte.
La interacción de estos cuatro sistemas de olas con los atolones era lo que los navegantes memorizaban. Y lo que, en tierra, representaban en sus cartas de palos.
Tres tipos de cartas para un solo propósito
Las cartas de palos nunca se llevaban a bordo durante la navegación. No eran para consultar en el mar; eran para estudiar en tierra, antes de zarpar, como un músico estudia la partitura antes del concierto. Una vez memorizado el patrón, el objeto ya no era necesario. El mapa vivía en la cabeza del navegante. Existían tres tipos principales de mapas sensoriales del mar con funciones distintas:

Mattang — el modelo conceptual El mattang era la carta abstracta, el «modelo teórico». No representaba islas reales ni rutas concretas. Era una herramienta pedagógica que mostraba los principios generales: cómo se doblan las olas al rodear una isla, cómo interfieren dos sistemas de olas opuestos, qué forma adopta la «sombra de olas» detrás de un arrecife… Las conchas de cauri en un mattang no son islas específicas; son islas genéricas, ejemplos para la demostración. Era el equivalente marshallés a un diagrama de física del movimiento ondulatorio. Se usaba para enseñar a los aprendices los principios antes de pasar a la geografía real.

Meddo — la carta de área El meddo (o medo, que significa «mar» en marshallés) ya representaba islas reales de una sección concreta del archipiélago: normalmente una parte de una de las dos cadenas que forman las Islas Marshall (Ralik al oeste, Ratak al este). Las conchas marcaban atolones específicos. Los palos curvos mostraban cómo el oleaje se comportaba en esa zona concreta. Era la carta operativa para viajes conocidos y frecuentes.

Rebbelib — la carta general El rebbelib era el mapa más ambicioso: representaba la totalidad de las Islas Marshall, o una gran porción de ellas. Incluía ambas cadenas de atolones y los complejos patrones de oleaje a escala de todo el archipiélago. Era el instrumento del navegante experto, del ri-meto —literalmente «el hombre del oleaje»—, el maestro que había dedicado años a memorizar cada patrón.
Uno de los rebbelib más famosos que se conservan fue recopilado nada menos que por Robert Louis Stevenson durante su visita a las Islas Marshall en 1890. Hoy está expuesto en el University of Pennsylvania Museum of Archaeology and Anthropology.
Una cartografía sin escritura
Uno de los aspectos más fascinantes de estas cartas es que surgieron en una cultura sin escritura. Como señala la Encyclopaedia of the History of Science, Technology, and Medicine in Non-Western Cultures (Springer), son uno de los rarísimos ejemplos de cartografía desarrollada en una cultura no literata. Demuestran que la representación analógica del espacio, es decir, trazar relaciones entre objetos en un plano, es una capacidad cognitiva completamente independiente de la escritura y de las matemáticas formales. El conocimiento era, en esencia, oral y corporal. Se transmitía de maestro a aprendiz mediante años de práctica, observación y memorización. Las cartas eran un soporte auxiliar del aprendizaje, no el repositorio del conocimiento en sí. Este rasgo las hace radicalmente diferentes de las cartas náuticas occidentales, donde el mapa es el conocimiento externalizado.
Además cada carta era personal. Dos navegantes podían construir un meddo de la misma zona y que parecieran completamente diferentes entre sí, porque cada uno representaba el conocimiento a su manera. No existía una convención universal. La carta era tan única como su autor, e inútil para cualquier otro que no hubiera recibido la misma formación. Este carácter personal hacía que el conocimiento fuera, también, un bien escaso y celosamente guardado. Los ri-meto solo transmitían sus técnicas a discípulos específicamente seleccionados, a menudo dentro de la familia. La navegación avanzada era, en cierto sentido, un monopolio aristocrático del saber.
El encuentro con Occidente
El primer registro occidental de estas cartas data de 1862, cuando el misionero L.H. Gulick las describió en el Nautical Magazine, explicando su papel en la enseñanza de los patrones de deflexión del oleaje. Como no podía ser de otra forma, aquel artículo sorprendió al mundo científico europeo.

Pero fue el capitán de navío alemán Raimund Winkler, de la Imperial German Navy, capitán de la corbeta SMS Bussard, destinado a la Estación Naval Alemana del Pacífico Sur, quien a finales del siglo XIX realizó el trabajo de documentación más sistemático acerca de los mapas de olas de las islas Marshall, publicando en 1898 un extenso artículo en la Marine-Rundschau titulado «Über die in früheren Zeiten in den Marshall-Inseln gebrauchten Seekarten» («Sobre las cartas náuticas usadas en tiempos anteriores en las Islas Marshall»). Winkler recopiló ejemplares, entrevistó a navegantes locales e intentó comprender el sistema desde la perspectiva de la ciencia náutica occidental. Su conclusión fue inequívoca: aquel sistema funcionaba.

En 1899, la Smithsonian Institution envió una expedición y recopiló varios ejemplares. La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos conserva tres cartas fabricadas en los años 1920 en Majuro, la capital del archipiélago: un mattang, un rebbelib y un meddo. Los museos más importantes del mundo —el Museo Británico, el Musée du quai Branly, el Überseemuseum de Bremen, el Berkeley Art Museum— tienen al menos un ejemplar en sus colecciones de Oceanía.
La bomba y el silencio

Las cartas de palos entraron en declive tras la Segunda Guerra Mundial, y el motivo tiene un nombre concreto y devastador:el atolón de Bikini. Entre 1946 y 1958, Estados Unidos realizó 67 pruebas nucleares en las Islas Marshall. El pueblo de Bikini fue evacuado a la fuerza. Otros atolones fueron contaminados. Comunidades enteras fueron desplazadas y disgregadas, rompiendo la cadena de transmisión del conocimiento intergeneracional. Simultáneamente, la motorización de las embarcaciones y, más tarde, el GPS hicieron que la navegación por oleaje dejara de ser necesaria para la vida cotidiana. El resultado fue que, hacia finales del siglo XX, el número de ri-meto auténticos —capaces de navegar solo con el cuerpo y el conocimiento del oleaje— se podía contar con los dedos de una mano.
El renacimiento: ciencia y tradición frente al olvido
En 2005, el antropólogo Joseph Genz de la Universidad de Hawái viajó a las Islas Marshall con un equipo de oceanógrafos y antropólogos para lo que él llamó un «proyecto de revitalización«. La generación que aún guardaba el conocimiento estaba envejeciendo, y el equipo colaboró con los ancianos y con el navegante Korent Joel para documentar y resucitar las técnicas.
El momento culminante de este proceso llegó cuando Joel, después de años de formación, fue capaz de guiar una embarcación hacia tierra firme —sin GPS, sin carta, sin brújula— únicamente leyendo las olas con su cuerpo. Genz había mantenido el dispositivo GPS alejado de Joel durante la travesía. Cuando llegaron a tierra, los datos del GPS confirmaron que Joel había navegado con una precisión asombrosa.
El capitán Korent Joel (1948-2017)
La historia del capitán Korent Joel constituye uno de los capítulos más importantes en la recuperación de la navegación tradicional de las Islas Marshall. Gracias a él, un conocimiento que estaba al borde de desaparecer no solo sobrevivió, sino que comenzó a ser documentado científicamente. Su objetivo no era simplemente demostrar que los antiguos navegantes podían orientarse sin instrumentos, sino explicar y validar un sistema de navegación extraordinariamente sofisticado basado, en gran medida, en la propiocepción1, es decir, la capacidad del cuerpo para percibir el movimiento, la aceleración y la posición sin necesidad de referencias visuales.

Korent Joel nació en Rongelap, uno de los atolones septentrionales de las Islas Marshall. Cuando era niño comenzó su aprendizaje con su abuelo materno, Hemmerik Lewia, uno de los últimos navegantes tradicionales. El entrenamiento era radicalmente distinto al occidental. El maestro no enseñaba mapas ni estrellas al principio sino que obligaba al muchacho a permanecer tumbado dentro de una pequeña canoa mientras ésta se balanceaba sobre el agua. Su única tarea consistía en sentir.
Debía aprender a distinguir el oleaje dominante del este, los rebotes de las olas contra los arrecifes;, las interferencias entre distintos trenes de mar;, las aceleraciones longitudinales y laterales de la embarcación y pequeñas diferencias de cabeceo y balance. en sus propias palabras, con el tiempo el cerebro acababa identificando estos movimientos como si fueran una especie de paisaje invisible Sin embargo su entrenamiento y proceso de aprendizaje quedaron interrumpidos por uno de los mayores desastres nucleares del siglo XX, la explosión termonuclear Castle Bravo, en Bikini, contaminó Rongelap con lluvia radiactiva. Korent nunca pudo completar su aprendizaje tradicional en aquel momento, circunstancia que siempre lamentó profundamente.

Años después estudió navegación moderna y de ese modo aprendió navegación astronómica mediante sextante; cartografía; navegación con brújula y gobierno de buques. Trabajó durante unos treinta años como capitán de barcos del Gobierno de las Islas Marshall. Paradójicamente, ese trabajo terminó siendo fundamental para reconstruir el conocimiento tradicional. Durante miles de horas en el mar fue observando corrientes, oleajes y comportamientos del océano que recordaban las enseñanzas de su abuelo. Poco a poco comenzó a unir ambos mundos: la ciencia náutica occidental y la tradición marshalense.
El sueño de demostrar que el sistema funcionaba

Cuando el antropólogo Joseph (Joe) Genz, de la Universidad de Hawái, llegó a las Marshall en 2005, Korent le dijo prácticamente desde el primer día que tenía un único objetivo: que un científico demostrase que la navegación por propiocepción era algo real. Quería salvar un conocimiento ancestral antes de que desapareciera con los últimos ancianos navegantes.
La expedición de 2005-2006
Entre 2005 y 2006 Korent retomó oficialmente su formación con varios ancianos pertenecientes a distintas escuelas de navegación tradicional. Posteriormente realizó una travesía de unas 120 millas náuticas entre Kwajalein y Ujae utilizando los principios tradicionales de navegación por las olas. Esta navegación recibió el nombre de ruprup jokur y constituyó la prueba definitiva que lo acreditó como ri-meto, literalmente «persona del mar», el máximo reconocimiento para un navegante marshalense.
La expedición científica de 2015
El gran sueño de Korent se materializó una década después. En 2015 llegaron a Majuro varios investigadores internacionales: John Huth, físico de la Universidad de Harvard; Gerbrant van Vledder, oceanógrafo de la Universidad Tecnológica de Delft y su ya conocido Joseph Genz, antropólogo especializado en navegación tradicional.
El propósito era estudiar científicamente cómo Korent encontraba atolones situados más allá del horizonte únicamente mediante las sensaciones producidas por las olas. Aunque una enfermedad le impidió embarcar en aquella travesía, todo el proyecto había sido diseñado siguiendo sus enseñanzas.

Korent Joel falleció en 2017, pero antes logró formar a Alson Kelen quien realizó el viaje en la canoa oceánica Jitdam Kapeel, mientras los científicos registraban datos de GPS, viento, oleaje y comportamiento del mar para compararlos posteriormente con las explicaciones tradicionales y sentar las bases del renacimiento de la navegación tradicional en las Islas Marshall.

(Foto: © Niall McCann / Understanding the Marshall Islanders’ Way of the Sea, 2025)
Su trabajo impulsó colaboraciones entre la organización Waan Aelõñ in Majel (WAM), universidades y científicos internacionales, demostrando que el conocimiento indígena y la oceanografía moderna pueden complementarse. Investigaciones iniciadas gracias a su visión continúan hoy explorando los mecanismos físicos y neurológicos de la navegación por las olas, convirtiendo a Korent Joel en una figura clave tanto para la cultura marshalense como para la ciencia de la percepción humana.
El proyecto generó, entre otros resultados científicos, un artículo publicado en 2009 en la revista Oceanography que comparaba el conocimiento indígena marshallés del océano con las mediciones científicas occidentales. La conclusión fue que ambos sistemas —el empírico-tradicional y el instrumental-moderno— describían los mismos fenómenos físicos, aunque con lenguajes completamente distintos.
Más recientemente, en 2025, investigadores de la University College London (UCL) se unieron a los esfuerzos, interesados no solo en la preservación cultural sino en las implicaciones cognitivas y neurológicas de esta forma de navegación. La hipótesis de trabajo es que el entrenamiento en wave piloting —que exige una atención sostenida a señales propioceptivas sutiles durante horas— podría ofrecer información valiosa sobre la memoria espacial y, potencialmente, sobre enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer.
Pero, las cartas de palos, ¿Son cartas náuticas, o no?
¿Se pueden considerar cartas náuticas en sentido estricto estas construcciones de palos y conchas? La respuesta honesta es: depende de qué entendamos por «carta náutica».
Si usamos la definición occidental clásica —una representación geométrica a escala de la superficie del mar y sus costas, diseñada para ser usada a bordo como referencia visual— entonces no. Las cartas marshallesas no están a escala, no tienen orientación fija, no se usan a bordo y solo son legibles para su autor.

Pero si ampliamos la definición como una representación del conocimiento necesario para navegar, que permite al navegante entender el entorno marino y trazar mentalmente una ruta, entonces la respuesta es un rotundo sí. Son, de hecho, más sofisticadas que muchas cartas occidentales de la misma época, porque capturan algo que las cartas de papel son incapaces de representar: el comportamiento dinámico del agua.
El experto William H. Davenport, en su artículo seminal «Marshall Islands Navigational Charts» publicado en Imago Mundi en 1960 —todavía referencia obligada en el campo—, lo resume con precisión: estas cartas demuestran que los conceptos de refracción, reflexión e interferencia de olas eran perfectamente conocidos por los navegantes marshalleses, quienes los descubrieron no desde el aire ni desde un laboratorio, sino desde la superficie del mar a bordo de sus canoas.
Dónde verlas
Si alguna vez tienes la oportunidad, merece la pena buscarlas en los museos que las conservan. No son grandes ni espectaculares a primera vista. Pero cuando sabes lo que representan —miles de kilómetros de océano codificados en la curvatura de unos palos de palma— resultan, sin exageración, una de las cosas más inteligentes que el ser humano haya construido jamás. Las colecciones más accesibles y documentadas son:
- The British Museum (Londres): varios ejemplares, incluyendo un rebbelib recopilado entre 1890 y 1893 por la HMS Royalist.
- Smithsonian National Museum of Natural History (Washington D.C.): colección recopilada en 1899.
- Überseemuseum (Bremen, Alemania): uno de los ejemplares más fotografiados.
- Musée du quai Branly – Jacques Chirac (París): colección analizada en un artículo de 2022 en los Annales hydrographiques.
- University of Pennsylvania Museum of Archaeology and Anthropology (Filadelfia): incluyendo el ejemplar recopilado por Robert Louis Stevenson en 1890.
- Library of Congress (Washington D.C.): tres cartas de los años 1920 digitalizadas y accesibles online.
Notas:
- ¿Qué significa navegar por propiocepción? propiocepción el el término que describe la capacidad del cerebro para conocer la posición y el movimiento del cuerpo sin utilizar la vista. Korent explicaba que un buen navegante debía convertirse prácticamente en parte de la canoa. No «miraba el océano, sino que lo sentía. Era capaz de reconocer cambios casi imperceptibles en la inclinación del casco; variaciones de ritmo entre distintos trenes de mar; interferencias producidas por atolones situados incluso a decenas de kilómetros; zonas donde las olas se reforzaban o se anulaban… Uno de los fenómenos más famosos es el dilep, una sutil carretera de olas que, según la tradición marshalense, conecta dos atolones mediante patrones de interferencia generados por el oleaje y las islas. La existencia física exacta de este fenómeno sigue siendo objeto de investigación, pero diversos estudios oceanográficos consideran plausible que determinados patrones de reflexión, refracción e interferencia puedan producir señales detectables por navegantes extremadamente experimentados. ↩︎
Para saber más:
Fronteras Blog: Las fascinantes cartas náuticas de ramas de las islas Marshall
La brújula verde: Cartas de navegación hechas con palos, el sorprendente sistema utilizado por los nativos de las Islas Marshall
Vista al mar: Los mapas de palos para la navegación en las Islas Marshall
IGN: Pacífico (Océano). Cartas náuticas. siglo XVII
Navigare Necesse Est: [PDF] 82 – Cartas náuticas de las Islas Marshall, Micronesia
Mapas Milhaud: Otra forma de construir un mapa: Las Islas Marshall3
Wikipedia: Navegación polinesia
Historia de los mapas: Conquistando las olas: Historias de mapas y navegación polinesia
The Internet Archive: The nautical magazine 1870
Canoe Marshall Islands: https://www.canoesmarshallislands.com/2014/09/reviving-navigation/
Smart History: https://smarthistory.org/chart-marshall/
CERN: [PDF] Wave Piloting and Stick Charts of the Marshall Islands
Oceanography The Official Magazine of The Oceanography Society: [PDF] Wave Navigation in The Marshall Islands

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