Ilustrando esta entrada, el detalle de una foto (coloreada) de un viejo pescador portugués con gorro de lana, obra de Eliot Elisofon para «Life» en los años 40.
Es razonable deducir que el trasvase de las prendas marineras al mundo civil no es casual ni gratuito sólo por una cuestión estética, sino práctica. Durante siglos, el mar fue uno de los grandes laboratorios de la ropa funcional. Los marineros necesitaban prendas que resistieran el frío, la sal, la lluvia horizontal y el trabajo físico extremo en espacios diminutos, y todo eso sin dejar de identificar rangos, flotas y naciones. Cuando esas soluciones prácticas desembarcaron a tierra firma, con frecuencia a través de las vías más inesperadas, como por ejemplo la aristocracia veraneando en la costa, un mariscal de campo, una modista con visión de futuro, aquellas prendas, se convirtieron en icono. Eran, entonces, los «influencers» de su época. Así que, ¿por qué no hacer un repaso de algunas de las prendas más icónicas y conocidas nacidas en el mar? Vamos a por la primera parte de esta a pasionante transferencia de las prendas más icónicas del mundo del mar a los armarios de medio mundo. Vamos a empezar a repasar prendas cotidianas que, como los primeros artrópodos y tetrapodos, evolucionarion del mar a tierra. (En unos cientos de años, no en millones, no vayamos a exagerar)
El gorro de lana: del gorro de Monmouth al «beanie» 1
El origen de los actuales gorros de lana que hoy usamos en invierno es el heredero que evolucionó a partir de la necesidad de trabajadores, marineros y soldados para protegerse de climas extremos. Su antepasado, el gorro de Monmouth, no tiene exactamente un origen marino, pero como soy un manipulador, le voy a conceder más importancia a su aspecto de uso náutico que a cualquier otro.

El Monmouth es un característico gorro redondo de lana que se popularizó entre los siglos XV y XVIII y recibe su el nombre ciudad de Monmouth, en el sureste de Gales, donde fue creado. Utilizado por soldados, marineros y trabajadores de toda clase, su fabricación llegó a convertirse en una importante actividad artesanal.
Los orígenes del gorro se encuentran en la calidad de la lana producida en la región, lo que propició una floreciente industria textil a su alrededor. A comienzos del siglo XIV, Archenfield, al norte de Monmouth, era conocida por la excelente lana de sus ovejas de Ryeland. Aquella materia prima resultaba especialmente apropiada para fabricar fieltro de calidad. La situación de Monmouth también favorecía el comercio. La ciudad se encontraba a orillas del río Wye, unos 29 kilómetros tierra adentro del estuario del Severn, lo que permitía transportar fácilmente sus productos hacia mercados más lejanos. En el siglo XV, la fabricación de gorros mediante tejido manual estaba ya perfectamente establecida en Monmouth y sus alrededores.
Un diseño sencillo y muy eficaz
El único ejemplar original conocido de un gorro de Monmouth del siglo XVI se conserva en el Museo de Monmouth. Está tejido con lana gruesa de dos cabos y muestra la sencillez y funcionalidad que caracterizaban a esta prenda. Su elaboración comenzaba por el borde inferior, montando los puntos y tejiendo después en redondo hacia la parte superior. La copa terminaba en una forma redondeada, rematada con los últimos puntos. El extremo del hilo se enrollaba justo debajo del remate para fruncir la parte superior y formar el pequeño bulto que suele denominarse, aunque de manera técnicamente imprecisa, el «botón».

Incorporaba además un ala doble, realizada recogiendo puntos del propio cuerpo de la prenda y tejiéndolos hasta alcanzar el borde original. Finalmente, los bucles del montaje se recogían y se utilizaba un remate de tres agujas para unir el ala interior al cuerpo exterior. El resultado era una prenda aparentemente sencilla, pero cuidadosamente diseñada: cálida, resistente, fácil de fabricar y especialmente apropiada para quienes pasaban buena parte de su vida trabajando al aire libre o en el mar. Con el tiempo, además, el nombre «gorro de Monmouth» dejó de indicar su lugar de fabricación para identificar sobre un determinado tipo de gorro. En otros lugares se comenzaron a producir modelos similares, que recibieron nombres como gorros de punto, gorros de Kilmarnock, gorros escoceses o watch caps.
La expansión del gorro continuó imparable durante el siglo XVII. En la década de 1620, los promotores de la Colonia de la Bahía de Massachusetts encargaron gorros de Monmouth para equipar a los colonos. Eran gruesos, cálidos y afieltrados, y gozaban de especial aprecio entre los marineros. También aparecen asociados a personajes tan singulares como Pedro el Grande de Rusia, que utilizó uno en 1697, durante su estancia trabajando para la Compañía Británica de las Indias Orientales. El ejemplar se conserva actualmente en el Museo del Hermitage de San Petersburgo.
El gorro de Monmouth 2 llegó a ser tan habitual que durante los siglos XV y XVI lo utilizaban tanto las clases altas como las bajas. Para soldados, marineros y trabajadores constituía una prenda prácticamente imprescindible. Su popularidad fue tal que las autoridades inglesas llegaron a legislar sobre su fabricación y utilización. La Ley de Sombreros y Gorras de 1488 prohibió, bajo pena de multa, el uso en Inglaterra y Gales de gorras fabricadas en el extranjero 3.
Del gorro de lana al watch cap


Fue precisamente en el ámbito naval donde el gorro Monmouth encontró uno de sus usos más característicos. En los buques de guerra estadounidenses de comienzos del siglo XX, los marineros encargados de las largas guardias en cubierta, en inglés «standing watch», tenían que enfrentarse durante horas al viento, la humedad y las bajas temperaturas. En aquella situación el gorro de lana era una solución tan sencilla como eficaz. Y de ahí surgió el nombre que terminaría haciéndose popular en Estados Unidos: watch cap, el «gorro de vigía». El término describía perfectamente su función: era el gorro del marinero que permanecía de guardia en cubierta mientras el resto de la tripulación dormía.
La Segunda Guerra Mundial: el gorro se convierte en uniforme

Durante la Segunda Guerra Mundial, la Marina estadounidense estandarizó el uso del gorro y distribuyó millones de unidades entre sus marineros. Los modelos reglamentarios estaban tejidos en lana de color azul marino oscuro, el conocido navy blue, y respondían a una filosofía puramente funcional: proteger del frío sin estorbar los movimientos ni interferir con el resto del uniforme. Incluso algunos detalles aparentemente insignificantes respondían a criterios prácticos. La etiqueta estaba cosida de manera que pudiera leerse correctamente cuando el borde del gorro se doblaba hacia arriba, tal como era habitual llevarlo. El watch cap había dejado definitivamente de ser simplemente un gorro de lana para convertirse en una prenda asociada a la vida naval estadounidense.
Pero la historia del gorro no terminó con la guerra. Cuando miles de veteranos regresaron a Estados Unidos, muchos conservaron sus gorros de vigía. La prenda comenzó entonces a desprenderse de su carácter estrictamente militar y pasó a formar parte de la vestimenta cotidiana, especialmente entre trabajadores y personas acostumbradas a desarrollar su actividad al aire libre, momento en el que esta prenda comenzó su transformación en icono cultural.
El «cap comforter ». El gorro de los escafandristas
Dentro de esa misma familia de gorros de lana navales, la Marina Real británica y su Almirantazgo tenían su propia variante, conocida en la jerga oficial como «cap comforter» 4 un gorro cómodo y ceñido que llevaban, ya desde finales del siglo XIX y comienzos del XX, cientos de escafandristas, dedicados a trabajos de ingeniería civil submarina., los llamados «pies pesados» trabajaban con enormes trajes de lona, botas lastradas y cascos metálicos conectados a la superficie mediante una manguera de aire.

En las primeras fotografías de buceadores con escafandra rígida es habitual verlos con este gorro puesto mientras estaban en superficie, antes o después de sumergirse, como capa extra de abrigo bajo el pesado casco de latón. El gorro de lana Tenía una función práctica. Proteger la cabeza del frío y amortiguaba los golpes contra el interior del pesado casco.Los gorros de lana rojos formaban parte de la indumentaria tradicional de determinados trabajadores del mar y, posteriormente, quedaron asociados a los buzos de casco. Algunas fuentes de la historia del buceo señalan que fabricantes británicos de equipos de buceo del XIX incluso incluían el gorro rojo como parte del equipo.
La historia del cap comforter
Merece la pena pararse un momento en la prenda de la que probablemente tomó el nombre el cap comforter de los buzos. El origen se encuentra en Ejército de Tierra británico, y procede de una pieza mucho más versátil de lo que su nombre permite deducir.
El término «cap comforter» formalmente se traduce como «gorro pasamontañas convertible», aunque resulta mucho más claro y descriptivo llamarlo simplemente por lo que e en esnecia: una bufanda tubular de lana con doble función, capaz de convertirse en gorro sin necesidad de coser nada. En el mundo del coleccionismo militar también se le conoce como «Commando cap» popularizado por los comandos británicos, especialmente durante la Segunda Guerra Mundial, aunque la prenda venía usándose ya desde el siglo XIX y siguió en servicio hasta bien entrado el XX.

Su diseño es muu simple e ingenioso. Consiste en un tubo continuo de lana tejida, cerrado por los dos extremos, sin forma predefinida. Esa ausencia de forma es justo lo que le daba su versatilidad, porque el soldado podía usarlo de dos maneras completamente distintas según lo que necesitara en cada momento. Estirado y puesto alrededor del cuello, funcionaba como bufanda, cortando el viento en las horas de guardia o de marcha. Pero doblado sobre sí mismo, metiendo un extremo dentro del otro, con el mismo gesto que se hace al emparejar un par de calcetines, se transformaba en un gorro de doble capa, grueso y cómodo, pensado para llevarse debajo del casco de acero sin que este quedara suelto ni el frío se colara por ningún hueco.

El equivalente actual a esa prenda en la actualidad sería la braga de cuello o gorro polar, aunque con una diferencia técnica: las bragas modernas suelen ir abiertas por los dos extremos, mientras que el «cap comforter». Esta prenda nació de la necesidad de que una sola prenda pudiera hacer el trabajo de dos, con la mínima cantidad de lana y de confección posible.
William Walker: el buzo cuyo gorro de trabajo se convertiría en marca de una profesión
Y aquí es donde entra en escena William Walker (1869-1918), el buzo jefe de la legendaria empresa británica de buceo comercial Siebe Gorman & Company, fundada en 1830, desde donde supervisaba a unos 200 buzos repartidos por medio mundo. Walker pasó a la historia por una hazaña que suena casi a leyenda, pero está perfectamente documentada: entre 1906 y 1911 se encargó de salvar la catedral de Winchester, una de las mayores catedrales de Europa, que se hundía lentamente porque sus constructores medievales habían levantado los cimientos, sin saberlo, sobre una capa de turba.

La solución pasaba por retirar esa turba y rellenar el hueco con hormigón, pero el espacio bajo la catedral, de unos tres metros y medio, estaba completamente inundado de agua turbia. Era, literalmente, un trabajo de buzo. Walker pasó seis horas diarias, durante cinco años, sumergido en la más completa oscuridad, colocando a ciegas más de 25.000 sacos de hormigón, 115.000 bloques de hormigón y 900.000 ladrillos, con el apoyo en superficie de un equipo de 150 personas. Por su hazaña recibió la Royal Victorian Order, y hoy un busto suyo preside la propia catedral que salvó, representado, como no puede ser de otro modo, con su escafandra al lado y su inseparable gorro de lana en la cabeza.
Jacques Cousteau: el gorro rojo se convierte en un icono global
El testigo de la asociación buzo profesional con un gorro rojo de lana, lo recogió, ya en pleno siglo XX, la figura que probablemente más ha hecho por popularizar el buceo en todo el mundo: Jacques-Yves Cousteau. Con la llegada del equipo autónomo de buceo , la escafandra autónoma que ayudó a desarrollar junto a Émile Gagnan en los años cuarenta, y el paso del buceo comercial al uso recreativo y científico durante los años cincuenta, Cousteau y otras grandes figuras del mundo submarino consolidaron una estética que ya tenía casi medio siglo de tradición naval detrás. El gorro rojo de lana se convirtió, con él, en símbolo universal e inconfundible del explorador submarino.

Y ahí es donde se marcó una identidad visual muy potente: bel arco «Calypso», los tripulantes con barba, Cousteau fumando en pipa, sus gafas y ese gorro rojo recortándose siempre contra el azul del océano. Cousteau y su tripulación aparecían una y otra vez con los mismos elementos, hasta el punto de que el gorro terminó funcionando como una marca propia. . Durante sus misiones:, Cousteau casi nunca aparecía sin su gorro rojo de lana, y esa imagen acabó siendo sinónimo de todo su trabajo. Toda su tripulación llevaba el mismo gorro, así que la prenda dejó de ser un capricho personal para convertirse en una especie de uniforme visual de la expedición Calypso, algo que identificaba a un equipo entero con solo verlo de lejos. 5

Cousteau consiguió que una prenda de trabajo, nacida de una necesidad muy concreta y muy poco romántica terminara representando una actividad entera. Hoy te cruzas con un gorro de lana rojo junto a unas gafas de buceo, sin que aparezca Cousteau por ningún lado, y la cabeza hace el mismo salto casi automático: buceo, exploración submarina, Cousteau. La propia Cousteau Society, la fundación que él mismo creó en 1973 y que sigue viva hoy, usa esa misma imagen del gorro rojo como símbolo de su legado y de la exploración oceánica en general.
El gorro apareció asociado a aventureros, pescadores, trabajadores, artistas y personajes de la cultura popular. En los años setenta, el cantante de soul Marvin Gaye adoptó como seña de identidad un gorro rojo de punto que llevaba prácticamente en todas sus apariciones públicas, hasta el punto de que varias historias del propio gorro señalan que su uso desencadenó una pequeña fiebre por la prenda en esa década.

Poco después, en 1975, Jack Nicholson se calzó un gorro de lana negro para interpretar a Randle McMurphy en «Alguien voló sobre el nido del cuco», y esa imagen, la del inadaptado, el rebelde de manicomio enfrentado al sistema, terminó de fijar en el imaginario colectivo que este gorro tan sencillo también podía significar inconformismo, no solo trabajo manual o vida al aire libre. Fíjate en el patrón: en cada década, el gorro de punto es una prenda democrática por diseño. Barata, cálida, sin género marcado y sin necesidad de ajuste, así que cualquier grupo social podía apropiársela sin fricción.

Y ese carácter es justo lo que explotaron a fondo las subculturas juveniles de los años noventa, ya bastante alejadas de cualquier cosa que oliera a barco o a fábrica. El grunge de Seattle convirtió el gorro de punto en parte de su uniforme visual casi por necesidad práctica y climática: los músicos y su público necesitaban algo cómodo y cálido para las largas sesiones de grabación y los conciertos en los estudios fríos de la ciudad, y el gorro terminó siendo indisociable de la estética desaliñada del movimiento, con Kurt Cobain como imagen más repetida de esa asociación.
En paralelo, el mundo del monopatín adoptó el mismo gorro a menudo calado hasta las cejas, en un estilo mucho más suelto y «caído» que el ajustado gorro militar de origen, como parte de un uniforme improvisado que incluía también camisetas anchas y pantalones holgados, mientras que en el hip-hop de esos mismos años grupos como Wu-Tang Clan lo llevaban con un aire completamente distinto, más urbano y menos «grunge» pero igual de alejado del barco.

Lo interesante de esta última etapa es que ya no queda ni rastro de la función original. El pescador necesitaba el gorro para no pasar frío faenando; el marinero de guardia lo llevaba para aguantar el turno de noche en cubierta; el buzo se lo ponía bajo el casco de latón. El skater o el fan del grunge de los noventa, en cambio, lo llevaban por una razón puramente estética y de pertenencia a un grupo: para decir, con un simple gesto de cabeza, «yo soy de los vuestros» Ahí es donde el gorro de punto termina de cortar el cordón umbilical con su origen naval. Deja de ser una herramienta de trabajo contra el frío del mar y se convierte, definitivamente, en un símbolo de identidad urbana, válido para cualquier época del año y cualquier clima, tenga sentido práctico o no.
¿Cómo llegaron los pompones a los gorros?
Casi con total seguridad has llevado en alguna ocasión, como yo, un gorro de lana coronado por un bonito pompón, una suave, blandita y esponjosa bolita de lana. Son muchas las teorías y leyendas acerca del origen del pompón. Su origen exacto no es del todo claro y cualquier texto que te diga lo contrario con total seguridad no está siendo todo lo honesto que debería. Existen múltiples hipótesis acerca del cuándo y el dónde y el por qué hizo aparición el pompón como parte de los gorros.

Algunos sitúan el origen del pompón de lana en la era vikinga. Entre los siglos VIII y XI, Feyr, dios de la fertilidad y la lluvia, llevaba un pompón en su casco, o al menos así se deduce de una estatuilla encontrada en Södermanland, Suecia, en 1904. La gorra Monmouth tenía una pequeña lengüeta en la costura que se podría considerar la precursora del pompón tal y como lo conocemos en la actualidad. Pero de lo que no cabe ninguna duda es de que el término pompón proviene del francés y sin duda el que corona las gorras de sus marineros es el más reconocible del mundo.

En el siglo XVIII los marineros de la Armada Francesa, empezaron a usar un tocado llamado «bachi» 6, con banda negra, corona blanca y el característico pompón rojo. Este pompón rojo que corona el «bachi» tiene un origen humilde y hasta prosaico. En aquella época eras los propios marineros quienes tejían su gorro de lana a mano, con cuatro agujas, cerrando la labor en punta. Ese remate dejaba siempre un cabo de hilo suelto y poco vistoso, así que la solución era tan simple como práctica: aprovechar la lana sobrante para hacer una bola y camuflar así la costura final. El pompón, en otras palabras, nació como un truco de costurero, no como amortiguador de golpes, tal y como muchas teorías afirman. No existe ningún documento de la Armada francesa en el que se registre la función del pompón para proteger la cabeza de los golpes contra los techos bajos de los barcos. ¡Un mito destruido!

El «bachi» se incorporó al equipo oficial en 1829, y fue bajo el Segundo Imperio cuando se fijó su forma definitiva de boina; un decreto del 27 de marzo de 1858, la misma fecha en la que también se reglamentó la marinera de rayas, terminó de precisar el color rojo obligatorio del pompón y sus medidas exactas. Hoy el «bachi» es el gorro que sólo emplean los marineros y cabos de rango subalterno, nunca los oficiales, que van con gorra de visera. Conserva su funda blanca fija en la parte superior, la cinta de cuero negro con el nombre del barco o la unidad bordado y sus distintivo pompón rojo coronándolo 7.
Pero, ¿porqué es rojo el pompón oficial?
Existen varias leyendas sobre el origen del pompón rojo. Sin embargo, una en particular destaca en la Marina francesa. Se cuenta que la idea del pompón rojo surgió en 1858, durante la inauguración del Puente Imperial de Brest por la emperatriz María Eugenia. Durante llos actos oficiales, la emperatriz visitó un barco en el que un soldado se golpeó la cabeza fuertemente al levantarse en presencia de la autoridad . Apenada por el marinero, la emperatriz le ofreció a este su pañuelo para que se vendara la herida el cual se tiñó rápidamente de rojo con la sangre que manaba de su herida. Se dice que, en agradecimiento a este gesto, los pompones de los marineros empezaron a coserse en este color.
Tocar el pompón de un marinero trae buena suerte

Este pompón dio origen a una de las supersticiones más duraderas del mundo marinero: tocar el pompón de un marinero trae buena suerte. Originada principalmente entre las mujeres francesas y los viajeros, la tradición dicta que, si ves a un marinero en tierra y consigues tocar su pompón rojo con el dedo índice de la mano izquierda sin que él se dé cuenta, tendrás garantizadas 24 horas de buena fortuna, especialmente en asuntos amorosos y viajes seguros. Parece ser que las reglas populares no escritas sobre esta costumbre dictaban que si una mujer era sorprendida haciéndolo, debía pagar con un beso al marinero. Aunque entonces era como una forma de coquetería un juego por el que los civiles interactuaran con los jóvenes marineros durante sus permisos, el ritual sigue siendo hoy un amuleto muy querido, convirtiendo un simple trozo de lana colocado por razones funcionales en todo un símbolo de buena suerte marinera.
El pompón llega a los armarios civiles
Durante la Gran Depresión de los años treinta, los fabricantes de gorros empezaron a coserles un pompón hecho con retales de lana sobrante, como forma barata de darles un toque más alegre sin encarecer la prenda.La segunda ola, la que de verdad convirtió el pompón en objeto de deseo y no solo en detalle decorativo barato, llegó con el boom del esquí de posguerra y se remató, ya en los años sesenta, con un empujón que no tuvo nada que ver con las pistas: la televisión. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, Europa y Estados Unidos vivieron un periodo de prosperidad relativa que convirtió el esquí, hasta entonces un deporte casi exclusivo de las clases acomodadas, en una actividad de vacaciones cada vez más accesible. Ese boom trajo consigo toda una industria nueva de ropa técnica y, a la vez, de moda .


Diseñadores como Emilio Pucci empezaron a firmar trajes de esquí de una pieza, coloridos y ajustados al cuerpo, que llegaron a las páginas de revistas como Harper’s Bazaar y sacaron el estilo de las pistas del gueto puramente deportivo para meterlo en el mundo de la moda con mayúsculas. En Estados Unidos, antiguos instructores de esquí como Klaus Obermeyer —que en 1947 fundó su propia marca en Aspen— empezaron a diseñar prendas que hoy nos siguen resultando familiares: cuellos de cisne, cortavientos de nylon, gafas de sol reflectantes… y, junto a todo eso, gorros de lana rematados en pompón como remate casi obligado del conjunto.

Fue precisamente esa década, la de los sesenta, la que consolidó el pompón como icono pop fuera del ámbito puramente deportivo, y aquí el protagonista es de lo más inesperado: Michael Nesmith, miembro de la banda The Monkees, que aparecía con frecuencia luciendo un gorro de lana con pompón en el programa de televisión del grupo. La televisión hizo entonces por el pompón lo mismo que siglos antes había hecho el uniforme militar: ponerlo delante de millones de personas a la vez y volverlo instantáneamente reconocible, solo que esta vez la audiencia no eran soldados ni marineros, sino adolescentes viendo la tele en su casa.
De ahí en adelante, el pompón dejó de necesitar una razón funcional o simbólica para justificar su presencia en un gorro. Ya no protegía la cabeza de golpes en un barco, ni indicaba el rango de un regimiento, ni distinguía una compañía de infantería napoleónica: se había convertido simplemente en un elemento estético, un capricho de diseño que hoy aparece en cualquier color, tamaño y material imaginable. El pompón, en definitiva, terminó el siglo XX exactamente donde había empezado dos siglos antes en la costura de un marinero francés: siendo puro adorno, aunque esta vez ya sin ninguna necesidad práctica que lo justificase..
Notas:
- El nombre «beanie» proviene del argot estadounidense de principios del siglo XX, donde empleaban el término «bean» -alubia- para referirse coloquialmente a la cabeza. ↩︎
- La primera referencia conocida a un «Monmouth Cappe» aparece en 1576, en una carta enviada por Gilbert Talbot desde el castillo de Goodrich a su padre, el conde de Shrewsbury. La carta acompañaba un gorro como regalo de Año Nuevo, lo que demuestra hasta qué punto la prenda había adquirido prestigio y reconocimiento. Ya tenía nombre propio y se consideraba un regalo apropiado incluso entre miembros de la nobleza. En la novela Enrique V de Shakespeare, escrita hacia 1599, se hace referencia a los galeses que llevaban puerros en sus gorras de Monmouth. No era un detalle menor, pues el rey Enrique V había nacido precisamente en Monmouth. ↩︎
- En 1571, durante el reinado de Isabel I, la llamada Ley de Gorros fue todavía más lejos. Obligaba a prácticamente todas las personas mayores de seis años —con algunas excepciones para las clases privilegiadas— a llevar los domingos y días festivos un gorro de lana tejido y fabricado en Inglaterra. Por supuesrto, semejante medida tenía una finalidad profundamente proteccionista con el objetivo de defender a los fabricantes nacionales frente a la creciente popularidad de otros modelos de sombreros importados., una obligación que sin embargo resultaba imposible de cumpir y de vigilar y fue finalmente derogada en 1597. ↩︎
- Conviene aquí una precisión honesta, porque el nombre «comforter cap» se presta a confusión: el ejército británico tenía su propio «comforter cap» un tubo de lana cerrado por los extremos que se podía llevar como bufanda o como gorro y que se popularizó sobre todo entre los comandos británicos durante la Segunda Guerra Mundial. No está del todo claro en las fuentes disponibles si el gorro de los buzos del Almirantazgo era exactamente la misma prenda que la del Ejército de Tierra o simplemente compartía nombre y tradición de tejido; lo que sí parece claro es que ambos beben de la misma cultura textil británica de gorros de lana funcionales, adaptados cada uno a su propio oficio. ↩︎
- Hay webs, sólo francesas, que han copiado y pegoado este mismo texto explicando el origen del gorro rojo de los submarinistas: «Jacques-Yves Cousteau llevaba constantemente este gorro rojo como señal distintiva y en homenaje a los bagnards (presidiarios) de Tolón, Francia, encargados de probar los primeros trajes y cascos de buceo (scaphandre). Dado que los riesgos eran extremadamente elevados, estas escafandras eran probadas inicialmente por prisioneros; para distinguirlos del resto de los hombres en los puertos y las embarcaciones, se les obligaba a llevar gorros rojos. Así, Cousteau —quien tanto debía a estos conejillos de indias humanos— les rendía homenaje.»H ay una parte de esa historia que sí está confirmada. El bonete o gorro rojo como parte del uniforme de los presidiarios del bagne (la palabra francesa para los presidios portuarios de trabajos forzados) es un hecho histórico real. En el bagne de Brest el reglamento de vestuario de los forzados incluía casaca, camisas, calzones y un gorro de lana, y el color del cuello de la casaca y del propio gorro codificaba el tipo de condena: rojo para los condenados a tiempo determinado, verde para los condenados a perpetuidad. La afirmación de que esos presidiarios eran usados específicamente como «conejillos de indias» para probar los primeros trajes y escafandras de buceo antes de que lo hicieran hombres libres, y que ese sería el motivo real por el que llevaban gorro rojo, aparece repetida en varios sitios web franceses y en tiendas de gorros de lana (Tourneur Goods, Fleurs de Bagne, algún blog de historia local) casi palabra por palabra. Esa repetición idéntica es justo la señal de alarma: normalmente indica que un texto se copió de una única fuente sin verificación. ↩︎
- El nombre «bachi» referido al gorro plano con pompón no existía en el siglo XVIII, sino que apareció a mediados del XIX como jerga de cubierta, apócope de «bachi-bouzouks» – los mercenarios otomanos- cuyos sombreros se parecían al gorro francés. A modo de apunte, el gorro de plato marinero clásico, con sus dos cintas colgando por detrás En España se le llama Lepanto, porque fue el nombre del primer navío de la Armada Española donde se empleó, y su diseño moderno fue estandarizado por la Armada Británica en 1857, como parte de la primera regulación oficial del uniforme para la marinería, lo que lo convirtió en modelo de referencia para la mayoría de armadas del mundo. ↩︎
- La Real Academia de la Lengua Española define el pompón como una bola de lana empleada para decorar que antes de haber sido de lana podría ser una pequeña esfera de metal, seda o estambre que llevaban los morriones (cascos militares) y chacós en el siglo XIX. Durante la época napoleónica, formaba parte del uniforme de la infantería. El pompón se colocaba en la parte superior del gorro de soldados y el color indicaba la compañía a la que pertenecían. En la iglesia católica el color del pompón de los clérigos daba información sobre su rango o principal ocupación. En los clanes familiares el pompón servía para saber a que clan se pertenecía. ↩︎
- «Bobble hat» es el nombre en inglés británico para lo que en castellano llamamos gorro con pompón. Es, en esencia, el pariente inglés directo del «bachi» francés o del gorro de esquí de toda la vida: un gorro de punto, ajustado a la cabeza, rematado en la parte de arriba con una bola de lana. En inglés, ese pompón se llama «bobble» palabra originada en los años veinte, como diminutivo de «bob», el peinado corto), y de ahí «bobble hat».
Curiosamente, hay una diferencia de matiz que no existe en español: en el mundo anglosajón se distingue con nitidez entre el beanie —el gorro liso, ceñido, sin nada arriba, como el watch cap — y el bobble hat, que es exactamente ese mismo gorro pero coronado por el pompón. En castellano solemos llamar «gorro» a ambos y añadir «con pompón» solo cuando hace falta aclarar, pero en inglés son casi dos prendas con nombre propio y personalidad distinta. ↩︎
Para saber más:
Gorro de marinero — Wikipedia
https://lasoga.org/william-walker-cuando-buzo-salvo-la-catedral-winchester/
Para qué sirve el pompón de los gorros de invierno: el origen militar que pocos conocen — MDZ
¿Por qué los gorros de invierno llevan pompón? — Libertad Digital
El origen inesperado del pompón de tu sombrero — Ma Grande Taille
¿Por qué los gorros llevan pompón? Historia curiosa y real — Dakonda
El Gorro de Marinero: Historia de un Icono Naval — GASDA
Cap comforter — Wikipedia
Everything You Need to Know About Military Cap Styles — Jay-Jays

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