Reflexiones a flote. Mira la fotografía que encabeza este post. Ahí, justo frente al mar, en la primera línea, se ha levantado una muralla de bloques de viviendas. Altos y uniformes. que nada tienen que ver con la escala de la villa en la que se construyeron. Y detrás de esa muralla de hormigón, tapado, empequeñecido, acosado, casi invisible desde el mar, sigue el casco histórico de la villa. Casas bajas, de dos o tres alturas, fachadas de piedra, tejados a dos o cuatro aguas. La esencia que todavía recuerda lo que fue Baiona antes de que decidiéramos ponerle un dique de pisos delante. Baiona, La Guardia, Panxón, Vigo, Cangas, Moaña, Bueu, Sanxenxo, Portonovo, O Grove, Ribeira… no hay una sola localidad, costera o no, que no haya sido devorada por la fealdad y la anarquía visual.
La muralla que no defiende, sino que oculta
Ahí, tras esa barrera de cemento sin gracia, es donde de verdad reside la vida de la ciudad, su memoria, su esencia; y sin embargo es lo que menos se ve, lo que queda relegado a un segundo plano físico y simbólico. No hace falta destruir un centro histórico para matarlo: basta con construir delante de él algo que le robe la luz, la silueta y el protagonismo. Esa es la forma más silenciosa de fealdad: la que no arrasa, sino que tapa; la que no compite en belleza con lo antiguo, simplemente lo esconde detrás de su propia altura. Y esa decisión, anteponer volumen a armonía, primera línea a conjunto, es, una vez más, una decisión colectiva que consentimos cada vez que preferimos la vista individual desde un piso alto a la vida que sigue latiendo, cada vez más oculta, al otro lado del muro.


Hace poco menos de 100 años, esta costa era un paisaje de arena salvaje y roca desnuda frente al mar. A lo largo de la línea de costa en la bahía, las villas marineras de Baiona y el barrio de Panxón, en Nigrán, formaban parte de un paisaje armónico integrados en su entorno. Hoy, aquel maravilloso rincón, es un mosaico de bloques irritantes que no se hablan entre sí, un templo asfixiado por su propio entorno, una villa histórica oculta tras una inmensa muralla de apartamentos sin aparente encanto y una pregunta incómoda: ¿quién es responsable cuando lo feo se vuelve normal? Cinco fotografías tomadas desde el agua —de la Madorra a Montelourido— sirven de excusa para hablar de estética como ética, de la privatización silenciosa del paisaje y de la deuda que tenemos con quienes van a mirar esta ría después de nosotros.
𝗟𝗮 𝗺𝗲𝗺𝗼𝗿𝗶𝗮 𝗱𝗲𝗹 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗼 𝘆 𝗹𝗮 𝗱𝗲𝘂𝗱𝗮 𝗰𝗼𝗻 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗻𝗲𝘀 𝘃𝗲𝗻𝗱𝗿𝗮́𝗻


Hace apenas sesenta años estas laderas eran salvajes, matorral y roca desnuda frente al mar. Lo que hoy vemos —chalés superpuestos sin unidad de criterio, cada uno hablando su propio idioma arquitectónico— no es progreso: es el resultado de decidir, una y otra vez, que el interés inmediato pesaba más que el paisaje que estábamos heredando y que íbamos a legar.
La responsabilidad colectiva no es sólo hacia los vecinos actuales; es hacia quienes verán este litoral dentro de otras seis décadas, cuando ya no quede memoria de cómo era antes de que lo construyéramos así. Cuidar la belleza de un lugar es, en el fondo, un acto de humildad generacional: aceptar que no somos los últimos en tener derecho a mirarlo.
𝗟𝗮 𝗯𝗲𝗹𝗹𝗲𝘇𝗮 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝗰𝗮𝘁𝗲𝗴𝗼𝗿𝗶́𝗮 𝗲́𝘁𝗶𝗰𝗮, 𝗻𝗼 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝗰𝗮𝗽𝗿𝗶𝗰𝗵𝗼

Solemos hablar de la belleza como si fuera un lujo, una opinión, un «gusto». Pero la belleza —y su ausencia— no es neutra: educa la mirada, y una mirada educada en la fealdad deja de exigir nada mejor.
Cuando un espacio se construye sin cuidado, no solo se pierde un paisaje: se pierde la capacidad colectiva de reconocer que algo estaba mal. Esta bahía de la Madorra, con su arenal recortado entre bloques sin diálogo entre sí, es el primer fotograma de una pregunta que nos incumbe a todos: ¿qué clase de entorno estamos dispuestos a normalizar con tal de tener nuestra ventana al mar?
La estética no es decoración. Es, literalmente, lo que decidimos que merece existir frente a nuestros ojos —y frente a los de quienes vengan después.
𝗖𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗹𝗼 𝘀𝘂𝗯𝗹𝗶𝗺𝗲 𝗾𝘂𝗲𝗱𝗮 𝗰𝗲𝗿𝗰𝗮𝗱𝗼 𝗽𝗼𝗿 𝗹𝗼 𝗶𝗻𝗱𝗶𝗳𝗲𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲

Y aquí está, al fondo, el Templo Votivo de Panxón: una obra pensada con unidad, con intención, con un lenguaje propio que buscaba dialogar con el horizonte y con el mar. Pero miradbien: rodeado de bloques que no le responden, que no lo citan, que simplemente lo ignoran mientras le roban altura y silencio visual.
Ese es el destino de la belleza cuando no hay un pacto colectivo que la proteja: no desaparece de golpe, queda asfixiada, empequeñecida por la indiferencia acumulada de decisiones privadas que nunca se preguntaron qué había ya ahí. La fealdad no destruye lo bello por la fuerza; lo aniquila por acumulación, por descuido, por la suma de «no es asunto mío». Y por eso la belleza —como el aire o la costa— solo sobrevive donde alguien decide, colectivamente, que vale la pena defenderla.
𝗟𝗮 𝗳𝗲𝗮𝗹𝗱𝗮𝗱 𝗽𝗼𝗿 𝗮𝗰𝘂𝗺𝘂𝗹𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝘆 𝗹𝗮 𝗮𝗻𝗲𝘀𝘁𝗲𝘀𝗶𝗮 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗺𝗶𝗿𝗮𝗱𝗮

Ninguno de estos edificios, tomado aisladamente, parece una agresión grave. El problema no es un error puntual: es la suma sin plan, la ladera colonizada casa a casa, década a década, sin que nadie —administración, promotor o vecino— se preguntara cómo encajaba lo nuevo con lo existente.
Ese es el mecanismo silencioso de la fealdad: no llega de golpe, se acumula, y cada nueva construcción hace que la siguiente parezca un poco menos escandalosa. Así es como nos volvemos insensibles: no porque dejemos de ver, sino porque cada excepción normaliza a la siguiente. La responsabilidad colectiva empieza precisamente ahí, en negarse a aceptar «total, una más» como argumento válido para seguir desfigurando una costa que no se puede deshacer ni recomponer.
𝗘𝗹 𝗵𝗼𝗿𝗶𝘇𝗼𝗻𝘁𝗲 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝗯𝗶𝗲𝗻 𝗰𝗼𝗺𝘂́𝗻 𝘆 𝘀𝘂 𝗮𝗽𝗿𝗼𝗽𝗶𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗽𝗿𝗶𝘃𝗮𝗱𝗮

Aquí el conflicto se hace físico: una vivienda se asoma al mar para gozar en privado de una vista que pertenece, en realidad, a todos quienes se acercan a la orilla.
El propietario obtiene el paisaje completo; el resto solo recibimos su fachada, su muro de contención, su muro garabateado con grafittis que nadie limpia. Es una asimetría moral tan común que ya no la vemos: alguien, legal y legítimamente, privatiza lo bello y colectiviza lo feo.
Lo que puede ser (o no)
No se trata de negar el derecho a construir junto al mar, sino de la necesidad imperiosa de preguntarnos por qué asumimos que ese derecho no conlleva ninguna obligación hacia quienes miran desde fuera. Un espacio público degradado por un interés particular autorizado por la ley no es un daño abstracto sino empobrecimiento compartido, al degradar la belleza común del lugar que le ha llevado a construir precisamente ahí.
La respuesta a la fealdad acumulada no es la nostalgia paralizante, sino la reforma concreta. Existen instrumentos de sobra para revertir buena parte de lo que hemos visto. Ordenanzas que regulen materiales, alturas, dimensiones y colores de fachadas y muros en las zonas más sensibles del litoral, de modo que lo nuevo esté obligado a dialogar con lo existente en lugar de imponerse sobre ello.
Se puede exigir que una reforma no sea solo estructural, sino también estética: recuperar carpinterías, unificar cromatismos, sustituir el hormigón visto por acabados que respondan a la tradición local. Se pueden crear y proteger espacios públicos verdaderamente armónicos , como paseos, miradores y plazas junto al mar, proyectados con criterio unitario y no como el residuo que queda entre edificaciones privadas. El arte mural y el color bien dirigido, puede devolver identidad y calidez a fachadas que hoy son solo gris y desidia, sin necesidad de derribar nada.
Nada de esto exige una revolución urbanística; exige voluntad política, criterio técnico y una comunidad que deje de aceptar la fealdad como precio innegociable bajo la presión urbanística. La costa, o el paisaje interior, que heredarán quienes vengan después de nosotros todavía puede ser cuidado, coherente y vivo. Es nuestra responsabilidad.

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